miércoles, 21 de julio de 2021

La COVID-19 nos ha enseñado de flexibilidad

En nuestro país estamos en la fase de ascenso de otra ola de la COVID-19 y la desesperación que ha provocado tanto en los ámbitos económicos como políticos está causando una apertura precipitada de las actividades en nuestra sociedad. Las predicciones de la CEPAL para la región latinoamericana prevén un crecimiento del PIB en 5.2 % y 2.9 % en este año y en el que viene, después de una caída de 6.8 % en el año 2020. 
También preocupante es el hecho que en la región tendremos la cuarta parte de la población por debajo de lo que se llama ingreso bajo para satisfacer sus necesidades.  Por otro lado, estamos enfrentando los primeros cambios globales en nuestro clima causados por el uso desmedido de los combustibles fósiles para satisfacer las demanda energética. La densidad energética y la portabilidad de los combustibles fósiles han posibilitado su despilfarro en muchas regiones en el mundo. También la posibilidad de centralización de la generación de energía ha ocasionado distribuciones inequitativas de la energía; así, podemos encontrar regiones donde para producir una unidad de riqueza, digamos producto interno bruto, se usa el doble o el triple de energía. En particular, nuestros países en la región iberoamericana la mayoría de la población todavía no cuenta con la calidad en accesibilidad de energía y mucho menos con fuentes de energía renovables. Es cierto que en algunas regiones, el diseño de las políticas públicas apuntan en la dirección correcta y el fomento a las fuentes renovables es decidido, en cambio en otros países, incluyendo México, esta situación no es la adecuada y por lo tanto requerimos impulsar las demandas sociales para construir alternativas sustentables.
Por estas razones, se requiere una transición energética que apunte a resolver la crisis climática al mismo tiempo que aporte lo necesario para que la población iberoamericana consiga tener recursos para conseguir un bienestar social.
Es fundamental construir redes de capacidades para generar innovación desde las raíces de la sociedad. Esta acción es esencial, las construcciones del bienestar social pasan por el criterio de sustentabilidad considerando cuatro dimensiones: naturaleza, economía, sociedad e institucional, y para ello es necesario amalgamar el conocimiento científico global con el conocimiento local para conformar soluciones en concordancia con las capacidades sociales y naturales de las diferentes regiones.
Por supuesto, estos retos generan a su vez interrogantes de frontera en todas las ciencias, y un enfoque de ciencia ciudadana en el más amplio sentido del concepto. El fomento a la investigación multidisciplinaria que involucre a la población en el diseño y adopción de tecnologías codiseñadas con la población acorde a cada lugar es una acción que puede ser retomada por las universidades o instituciones de investigación. Es importante comentar que el diseño normativo y de políticas pública deben apuntar hacia la apropiación social del paradigma de la sustentabilidad. Estas acciones deben estar inmersas en estrategias con miras diferentes a las que han permeado en el siglo pasado, hoy el enfoque participativo y las consideraciones ambientales exigen que se construyan tecnologías que contemplen el ciclo de vida completo de los productos o servicios generados. La necesidad de incorporar a las mujeres en el diseño y la construcción de esta transición energética es una acción primordial para hacerla justa y sustentable. Las demandas de conocimiento de frontera en tópicos de materiales o química o diversos procesos para que adquieran el adjetivo de verde están siendo las demandas de la sociedad.
Para ello las instituciones de educación superior y de investigación tienen el reto de aportar los talentos necesarios y suficientes para que, además de conocer las diferentes tecnologías conozcan de las formas para colaborar con la población de cada región y con ello construir las soluciones energéticas para que se satisfagan sus necesidades con energía renovable minimizando las afectaciones al entorno natural y social. Es primordial que desde las universidades se contribuya a romper el modelo centralista de generación de energía, ya que las fuentes renovables de energía posibilitan, precisamente, la generación distribuida y con ello apuntan a la democratización de la energía. La democratización de la energía se puede concebir como el proceso de desarrollo de las instituciones sociales que conducen al fortalecimiento de la sociedad civil para disminuir las desigualdades en el uso de la energía con un enfoque de minimización de los impactos negativos para el entorno natural.
Aquí es importante mencionar, que una visión desde los sistemas complejos es muy importante para entender primero estos  procesos no lineales y después actuar para modificar las tendencias a las distribuciones paretianas inequitativas que se desarrollan en estos sistemas. En este sentido, la emisión de subastas deben incluir, desde su diseño, la opinión y la colaboración de la población a la que abastecerán o intervendrán. Sí, desde el diseño, es imprescindible involucrar a la población y esto tiene que continuar de una forma de apropiación social de la tecnología  y conducir a una colaboración informada por parte de las diferentes poblaciones después.
Notemos que la fuentes renovables no solo posibilitan la flexibilidad en la matriz de generación de energía, al considerar las diferentes fuentes renovables o no, sino que permiten la flexibilidad que el uso del conocimiento de la localidad puede dar a la demanda de energía y con ello disminuir los posibles conflictos entre las fuentes variables y la demanda sin conocimiento. Las universidades, desde su posición privilegiada en torno al conocimiento científico, tienen la obligación de asegurar el buen funcionamiento y uso de la tecnología energética mediante su participación en el establecimiento de normas para los productos o servicios relacionados con las fuentes renovables de energía. Además estas normas deben proteger a las personas y a las otras especies de posibles efectos negativos.
La innovación tecnológica y social es otro aspecto donde las universidades tienen un papel relevante al formar talento que responda a estos retos donde la multidisciplina y el trabajo colaborativo son necesarios. En este sentido, las personas que egresen de nuestras instituciones deben ser capaces de construir empresas energéticas que respondan a las necesidades locales. Las instituciones de educación superior deben ser un ejemplo en el uso eficiente y en la generación distribuida de energía para mostrar las bondades que hoy en día dan estas tecnologías. Las universidades o instituciones de investigación de la región han mostrado su capacidad para construir conocimiento y formar talento; sin embargo el reto ahora es flexibilizar este talento para que sea capaz de colaborar y construir soluciones diferenciadas para la diversidad de entornos sociales y ambientales locales.
La preparación de tecnologías que posibiliten la transición energética a un sistema distribuido donde la energía se genere, almacene y administre en el sitio de uso es un factor que permitirá que tanto las organizaciones sociales o empresariales como a las personas, en lo individual, tengan acceso a la energía de calidad necesaria y que provenga de fuentes renovables. Debemos prepararnos para hacer flexibles nuestras necesidades energéticas entre otras si deseamos que nuestra huella no afecte las posibilidades del bienestar de otras personas o especies.
La COVID-19 nos mostrado que podemos ser flexibles, ahora seamos flexibles con conocimiento.

Este texto es parte de mi contribución al foro "La transición energética para un desarrollo sostenible en Iberoamérica: respuestas desde la ciencia, tecnología y la innovación". Una versión resumida de este artículo fue publicada el día 21 de junio en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 14 de julio de 2021

Alarmante situación laboral

En las conversaciones cotidianas se comenta la situación económica que se está sufriendo hoy en día y ha sido acentuada por la COVID-19. El platicar y comentar es una de las actividades que permite reflexionar sobre las situaciones que enfrentamos y nos ayuda a construir posibles soluciones. La información veraz que podamos compartir y analizar en todas las esferas es la que nos posibilitará argumentar y establecer rutas posibles para resolver la problemática que enfrentamos en todos los niveles: comunitarios, locales, estatales, nacionales o mundiales. En este sentido, es importante conocer y analizar la información que nos está ofreciendo el INEGI mediante los resultados del Censo 2020. 
En esta ocasión me gustaría comentar sobre el análisis que presenta el CONEVAL basados en los datos del INEGI sobre la pobreza laboral al primer trimestre de 2021 [1]. En particular los datos referentes a aspectos laborales son un indicador que involucra las dimensiones social y económica dando la oportunidad de evaluar parte de las trayectorias hacia la sustentabilidad.
Al comparar el ingreso laboral real per cápita en el primer trimestre del 2020 con el mismo periodo del 2021 encontramos que el ingreso nacional disminuyó de $ 1,919.84 a $ 1,827.39, es decir, hubo una pequeña disminución en este indicador nacional. Observemos el monto de este ingreso real que señala el salario con el que la población promedio subsiste hoy en día que nos obliga a reflexionar sobre la situación que viven las personas en nuestro país y que siendo menor a dos mil pesos mensuales no permite pensar en un bienestar social mientras este salario promedio se mantenga.  
Los indicadores promedio en poblaciones donde la distribución es paretiana, es decir, donde muchos ganan muy poco y muy pocos ganan mucho no son de lo más adecuado para definir las medidas para construir el bienestar social; sino que conocer las distribuciones nos dan una mejor idea de la situación y reflejan con mayor claridad los aspectos esenciales a considerar. En este sentido, de lo más preocupante es el porcentaje de la población que tiene ingreso laboral inferior al costo de la canasta básica alimentaria, que en el ámbito nacional pasó del 35.6 % al 39.4 %. Tenemos hoy un 4 % más de personas que no ganan lo suficiente para poder alimentarse adecuadamente. En el sector urbano este indicador pasó del 31.7 % al 36.4 % y en el sector rural pasó de 48.0 % a 48.9 %, indicando que durante la pandemia el sector urbano fue el que sufrió mayormente el impacto de la crisis económica, pero que también el sector rural se vio afectado negativamente. Con esta información podemos afirmar que es imperioso disminuir esta proporción de personas que no ganan lo suficiente para alimentarse, ya no digamos para tener otros satisfactores. Con estos datos, tanto en el ámbito urbano como en el rural, podemos afirmar que estamos viviendo un aumento de personas con pobreza salarial.
Otro de los datos más alarmantes lo podemos encontrar al analizar la distribución de los salarios en la población. Así encontramos que la proporción de las personas que ganan un monto igual o menor al salario mínimo que pasó del 31.7 % al 35.3 % del 2020 al 2021. En nuestro país, casi un tercio de la población con salario gana no más del salario mínimo. Por supuesto que con esta situación no podemos aspirar a un bienestar de la población.  Aunado a esto el porcentaje de la población que gana entre uno y dos salarios mínimos pasó del 40.0 % al 40.6 %, pero la población que gana entre dos y tres salarios mínimos bajó del 17.5 % al 14.8 %. Situaciones de decrecimiento similares se observan en la población que gana más de tres salarios mínimos que pasó del 10.7 % al 9.5 %. Es decir, mientras la proporción de personas que ganan menos de dos salarios mínimos creció la proporción población que gana más de dos salarios mínimos decreció. Es esencial notar que hoy en día, la proporción de la población que gana más de tres salarios mínimos es menor al 10 %, es fundamental que entendamos que con esta distribución de la riqueza es imposible alcanzar el bienestar para todas las personas, inclusive para aquellas que ganan más.
Desde mi punto de vista es imperioso definir estrategias que posibiliten que las personas obtengan una remuneración que les permita obtener los satisfactores adecuados para construir un bienestar social. No podemos seguir con mecanismos egoístas, ya que solamente crearán mayores diferencias generando descontentos que a la larga afectarán el propio bienestar de cada una de las personas, inclusive las que hoy gozan de privilegios.

Este artículo fue publicado el día 14 de julio en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 7 de julio de 2021

Enemigo en casa: La estufa de combustión

En nuestro país, una preocupante proporción de la población vive debajo de la línea de pobreza, esta proporción ha oscilado en los últimos 20 años alrededor del 50 % de la población. La crisis provocada por la COVID-19 ha incrementado este porcentaje y hoy estamos cerca del 60 %. En las semanas pasadas escribía sobre los daños a la salud que provoca el uso de combustibles en el interior de las habitaciones. Enfatizaba que incluso el uso del gas para cocinar es un riesgo para la salud de las personas que están cerca de la estufa, en hogares pequeños todas las personas que lo habitan. Claramente, el uso de otros combustibles puede provocar daños más graves en la salud de las personas. 
Esta situación, de daños a la salud por el uso de combustibles en los espacios cerrados que habitamos, empezó desde que la humanidad dominó el fuego, es decir, desde hace miles de años. Hoy en día estamos en la posibilidad de cambiar esta situación. Precisamente esta es la conclusión que Max Roser publicó el pasado lunes 5 de julio analizando los datos disponibles en Our World in Data. En el mundo se está observando que la contaminación por los combustibles fósiles es uno de los principales factores de riesgo que causan muertes prematuras. Como podemos seguramente entendemos, la pobreza está ligada a la pérdida en el acceso a la energía limpia y mucho más hacia la imposibilidad de construir esquemas de energías sustentables. En el análisis mencionado, Roser enfatiza que la falta de energía moderna tiene un costo terrible para la salud de miles de millones de personas. De acuerdo con los datos de hoy, millones de personas mueren por enfermedades causadas por la contaminación del aire dentro del hogar. En particular, la exposición crónica a la contaminación en el hogar conduce a neumonía, enfermedad pulmonar obstructiva crónica y cáncer de pulmón. Además, la cocción con combustibles en el hogar es el principal factor de riesgo de quemaduras. Los ojos también son afectados y la combustión aumenta el riesgo de cataratas, e impacta la salud de los bebés antes de nacer y conduce a una mayor tasa de mortinatos (nacidos muertos). A pesar de estas correlaciones, es necesario contar con más datos sobre los niveles de contaminación a los que están expuestas las personas en los hogares. No conozco estudios sistemáticos y de largo plazo sobre este tema en nuestro país. 
En el ámbito internacional se observa que el uso de la electricidad para cocinar ocurre mayoritariamente en hogares de alto ingreso, donde coexiste con el uso del gas natural. En cambio, el uso del gas LP, metanol, queroseno o carbón es dominante en los hogares de mediano ingreso, para dejar el carbón o la leña en los hogares de bajos ingresos. Es decir, mientras el hogar tenga menos ingresos el acceso a la energía limpia es menos probable. Para nuestros fines al considerar los efectos en la salud de la combustión en el hogar, es importante considerar que la electricidad no emite gases contaminantes en el hogar independientemente de cómo haya sido generada. Aunque por supuesto, si la electricidad fue generada con fuentes renovables su impacto en el lugar de la generación será mucho menor que el de las estufas de combustibles en los hogares.
Por supuesto que pasar de estufas de queroseno o de leña, como lo era a principios del siglo XX en México, a estufas de gas ha sido una mejora; pero no ha sido así en toda la población. Sin embargo, la que ha transitado al uso del gas tampoco está libre de sufrir los efectos de los gases de combustión. Necesitamos que en nuestro país se realicen más estudios sobre cómo la exposición, desde la infancia o previa al nacer, a los gases de combustión afectan la salud de las personas. A pesar de la ausencia de datos contundentes, todos los estudios coinciden en que el número de muertos es extremadamente alto. La Organización Mundial de la Salud, sí la misma que ha sido extremadamente cauta en los primeros meses de la pandemia del COVID-19, estimó en el 2016 que la cifra de muertos es sustancialmente mayor a 3.8 millones anuales.
Además, de los peligros para la salud que hemos mencionado, están las afectaciones climáticas que las estufas de combustibles (gas y leña principalmente) provocan al liberar el CO2 que fue removido de la atmósfera hace millones de años y contribuyen al cambio climático.
Parece ser que tenemos a un enemigo en nuestros hogares y no nos hemos percatado, las estufas de combustión no son inocuas.
Desde mi punto de vista, la sustitución del uso de combustibles en el interior de los hogares es una de las acciones prioritarias que deberíamos promover hoy en día y que estaría en concordancia con la electrificación del uso de la energía. Por supuesto que para verdaderamente transitar hacia una energía sustentable es necesario usar las fuentes renovables disponibles en los diferentes entornos y acompañar este uso de estrategias de eficiencia energética.

Una versión previa de este artículo fue publicada el día 7 de julio en el periódico La Unión de Morelos.

miércoles, 30 de junio de 2021

Transición hacia a la electromovilidad en el transporte público

De las ventas mundiales de autobuses en el año 2020, 40 % fueron eléctricos . Esta cifra indica que el transporte público está transitando hacia la electromovilidad. Claramente, la tendencia hacia la construcción de un transporte público que no contamine durante su tránsito está siendo promovida en muchas ciudades en el mundo. Por supuesto que en esas ciudades una de sus prioridades es la salud de su población.  Seguramente, muchas personas estamos convencidas que la salud es una de las prioridades inobjetables para toda sociedad y el evitar que en las ciudades el transporte público emita gases tóxicos es una de las acciones que contribuye a la salud de las personas. Para mí como para muchas personas, el transporte a pie o en bicicleta contribuye doblemente; ya que evita las emisiones al mismo tiempo que promueve la actividad física. Sin embargo, en las actuales ciudades las actividades económicas no están ubicadas cerca de las zonas habitacionales y nos obliga a invertir parte de nuestro día en el transporte.
Retomemos los datos del reporte BloomberNEF sobre vehículos eléctricos. En este reporte se analizan dos posibles escenarios para el desarrollo de la electromovilidad: a) el enfocado en la economía que representa solamente las tendencias en el mercado actual y b) el que prioriza la salud humana y del planeta, es decir donde se persiguen que las emisiones netas de CO2 sean cero en el 2050. Debe quedar claro que el escenario economicista es el punto de partida que marca la tendencia del mercado actual y que el segundo requerirá de políticas enfocadas en la meta de emisiones netas cero. La perspectiva economicista sobre la venta de autobuses eléctricos de transporte público es que pasen del 40 % actual a un 60 % en 2030 y que llegará a un 90 % en el 2050. Mientras que en el escenario enfocado a la salud, el cambio en diez años sería cercano al 70 % para que en el año 2040 se alcanzara el 100 % de las ventas de autobuses eléctricos. En este último escenario se requeriría de esfuerzos sociales, políticos y económicos por parte de la sociedad en su conjunto.
Mientras estos números son alentadores en el sector de autobuses, en el caso de los automóviles no lo es tanto; ya que, aunque circulan unos 10 millones de eléctricos en el mundo, las ventas en este caso representan un porcentaje todavía menor al 4 % hoy en día. Sin embargo, un punto a resaltar es que en el escenario economicista las ventas se incrementarían a cerca del 30 % en 2030, si en solo diez años, y llegarían al 90 % en 2050. Al considerar el escenario enfocado a la salud planetaria, las ventas de carros eléctricos alcanzarían el 100 % antes del 2040, en menos de 20 años. Observemos que en ambos escenarios en el 2035 las ventas serían fundamentalmente de autos eléctricos.
Con estos datos nuevamente llamo la atención del sector industrial de autopartes en nuestro país a iniciar urgentemente la transición hacia las autopartes para vehículos eléctricos. De otra manera, este sector industrial desaparecerá como lo conocemos hoy en unos 20 o 30 años.
Ante estos escenarios, el mismo estudio establece que la demanda de combustibles por el transporte público o privado que usa nuestras calles se mantendrá en los mismos 45 millones de barriles por día durante los próximos 10 años, es decir, no aumentará en esta década. Sin embargo, caerá a 37 o 22 millones de barriles por día en 20 años, es decir, caerá el 20 o 50 %. Por estas razones, a largo plazo, el negocio de la gasolina, y por lo tanto el de refinerías para gasolinas, no se ve prometedor.
No nos dejemos llevar solamente por estos números y reflexionemos. Realmente ¿queremos gasolina barata? o por el contrario ¿lo que deseamos es un transporte limpio, que no dañe nuestra salud, que tenga calidad y que permita movilizarnos de un lugar a otro a tiempo y con un servicio digno? Quienes hemos tenido la oportunidad de viajar en un autobús o automóvil eléctrico conocemos de sus ventajas, sin ruido, sin calentamiento y con aceleración. El mismo metro es eléctrico y en muchos países los trenes entre ciudades son eléctricos. La electromovilidad no emite gases de efecto invernadero ni tóxicos o calienta el entorno mientras se mueve. Es decir, no afecta la salud de todo aquel que lo aborda o solamente lo ve pasar. Las bondades de la electromovilidad habían sido despreciadas porque en el pasado los combustibles fósiles eran más baratos y la tecnología de almacenamiento en baterías no era tan eficiente como ahora. Hoy, como lo he mencionado en varias ocasiones, el kilómetro recorrido en un vehículo eléctrico es más barato que el recorrido en un vehículo alimentado por combustibles fósiles. Los precios por kilómetro son aproximadamente del 60% en el caso eléctrico, comparado con el de combustibles fósiles; aunque la inversión inicial para el transporte individualista todavía es desventajosa para el eléctrico. Sin embargo, en el caso de los autobuses (transporte público) ya son competitivos.
En mi opinión, podemos transformar la estructura de las poblaciones hacia construir una movilidad sustentable; pero mientras hacemos estos cambios de infraestructura, podemos promover una movilidad que considere nuestra salud y la de las especies que nos acompañan en el planeta y esta última pasa por la transición hacia la electromovilidad. Exijamos un transporte eléctrico limpio y de calidad. Ya es competitivo económicamente y tiene múltiples ventajas con respecto al actual basado en combustibles fósiles.
Este es un llamado a las personas que asumirán en el futuro cercano las presidencias municipales de ciudades medianas y pequeñas que pueden hacer la diferencia y promover esta transición hoy. En particular, en ciudades como Cuernavaca esta posibilidad es real y con gusto trabajamos para hacer realidad esta transición hacia la electromovilidad mientras adecuamos la infraestructura para una movilidad sustentable.

Una versión previa de este artículo fue publicada el día 30 de junio en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 16 de junio de 2021

Sobre la electrificación de la cocina

De las actividades que realizamos cada día, hay muchas que nos producen daño sin que veamos que es lo que nos está perjudicando. Una de ellas es la preparación de los alimentos o calentamiento de bebidas. Una gran mayoría de la población mexicana calienta o cuece sus alimentos en estufas de gas o de leña. No hay duda que estas últimas, cuando se utilizan en lugares cerrados sin ventilación o sin una campana adecuada producen daño en el sistema respiratorio a quienes están preparando los alimentos o bebidas. El problema no es hacer una comida en un día especial o hacerlo esporádicamente, el problema se hace notorio y causa daños acumulativos cuando estas actividades se realizan cada día. Sin embargo, el uso de las estufas de gas también provoca daños a quienes guisan. Durante la pandemia de COVID-19 se observó que estos daños e intoxicaciones se extendían a toda la familia dado que el confinamiento provocó que las personas permanecieran en sus domicilios y durante el invierno la ventilación no fuera la adecuada, aumentando las incidencias.
Es claro que el dominio del fuego otorgó a la humanidad la posibilidad de aumentar la digestibilidad de los vegetales y productos animales. Con el cocimiento se aumentó la diversidad y se modificó drásticamente la calidad en la alimentación para la población que usaba el fuego. Con el descubrimiento del gas se disminuyeron grandemente las emisiones de gases y de cenizas durante el proceso de cocción. Es más se podría pensar que la quema del gas en las estufas modernas es inocua; sin embargo, no es así. 
El año pasado B. A. Seals y A. Krasner publicaron un estudio donde alertan sobre los efectos negativos en la salud del uso de las estufas de gas. En particular, concluyen que, mientras la calidad del aire en algunas actividades industriales está regulada y es vigilada, en los domicilios esta práctica no es común. De esta manera, las posibles fuentes de contaminación del aire en los domicilios no han sido estudiadas extensamente. Dentro de los hallazgos de sus indagatorias señalan que dentro de las habitaciones las estufas de gas son una fuente de contaminantes tóxicos para las personas y otras especies animales que comparten las habitaciones. Los niveles de contaminación debido a la actividad de preparación o calentamiento de los alimentos puede llegar a niveles que no serían permitidos en el exterior. La población infantil está particularmente en riesgo de padecer enfermedades respiratorias por la exposición a la contaminación de las estufas de gas. La ventilación es fundamental para disminuir estos riesgos y, por supuesto, transitar a la electrificación de las actividades en la cocina es una forma más limpia de cocinar.
Seguramente las personas que guisan conocen que el propio proceso de cocción genera sustancias que llenan el ambiente de las cocinas, y muchas de ellas nos despiertan el apetito y son agradables. Sin embargo, hay otras que no se notan tanto, pero que pueden afectar nuestra salud. Dentro de los gases de combustión están el dióxido de nitrógeno y el monóxido de carbono que son los principales contaminantes de la combustión del gas en las estufas. Los resultados del monitoreo del aire en los domicilios con estufas de gas muestran contenidos más altos de dióxido de nitrógeno y de monóxido de carbono que en domicilios con estufas eléctricas. Estas disparidades aumentan cuando las estufas no han recibido mantenimiento (¿cuándo fue la última vez que le dieron mantenimiento a la estufa donde se cocina en su domicilio?).  Es más las estufas que mantienen un piloto encendido incrementan estos niveles sustancialmente.
El estudio también dice que la población infantil es más susceptible a padecer enfermedades asociadas a la contaminación del aire por respirar más frecuentemente por su actividad física, a la mayor razón de superficie de los pulmones a su masa corporal y a que tanto el sistema inmune como el respiratorio están todavía en desarrollo. Nuestra población infantil está en mayor riesgo. Se ha encontrado que los niveles de dióxido de nitrógeno caen en más de la mitad en domicilios donde no se usan estufas de gas.
En nuestro país el uso de estufas eléctricas (incluyendo las de inducción) no es común. Sin embargo, dado estos estudios y el hecho de que el cocimiento con electricidad es hoy en día más barato que con gas, puede motivar a cambiar nuestras estufas de gas por eléctricas. No es solo una cuestión de economía, sino de salud. 
Es cierto que en el siglo pasado era más barato cocinar con gas y parecía más limpio en comparación con el uso de leña. Hoy este tipo de estudios y las nuevas dinámicas en el trabajo, que indican la posibilidad de pasar más tiempo en nuestros domicilios, sugieren analizar con mayor detenimiento la transición hacia la electrificación de nuestras actividades.
Por supuesto que si transitáramos hacia la electrificación, deberíamos promover que esa electricidad fuese generada con fuentes renovables. 


Este artículo fue publicado el día 16 de junio en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 9 de junio de 2021

Lo inmediato, las elecciones pasaron, ahora a construir el futuro

En este principio de siglo, la sociedad mexicana ha cambiado su percepción de las elecciones. Recuerdo claramente los comentarios en la década de los años 1970 y 1980 sobre el llenado de urnas, la invalidación de los votos a la oposición de entonces, las estrategias de acarreos, los votos múltiples y una interminable mención de acciones para hacer trampa en las elecciones. Sí, de acciones para cometer fraude electoral. En este siglo, después de la construcción paulatina de un IFE primero y ahora de un INE, las desconfianzas sobre el conteo cibernético o a la manipulación de datos que se esparcieron entre sectores amplios de la sociedad a principios de este siglo. Por ejemplo, recuerdo los esfuerzos de colegas utilizando la información que se vertía en páginas del IFE para analizar los cambios y detectar anomalías. El esfuerzo hormiga que muchas personas realizamos con la verificación de actas de las casillas electorales mediante fotos enviadas por otras personas voluntarias y su verificación posterior con el reporte final de las elecciones. Estas acciones ciudadanas fueron motivadas por la ausencia de datos disponibles y confiables para verificar lo sucedido en el conteo o en la transcripción a los resultados finales, donde se realizaba el fraude en el siglo pasado. Estos esfuerzos  y sus resultados fueron generando confianza, pero mediante caminos tortuosos y plagados de obstáculos que hoy han sido allanados.
En esta ocasión, la jornada del 6 de junio transcurrió sin suspicacias en torno al conteo o al fraude en las urnas o en la transcripción de los resultados de las actas de casillas a los resultados finales. Desde mi punto de vista, hay un gran avance en la confiabilidad que la institución electoral, que hemos construido y que vigila las elecciones, ha despertado en la población mexicana. En esta ocasión, la jornada electoral marchó con participación ciudadana y se están realizando las denuncias pertinentes en donde es necesario, pero no movilizó a una ciudadanía vigilante fuera de los causes institucionales, como había ocurrido en las primeras elecciones de este siglo.
Es más, en los portales de conteos, los PREP federales o estatales pusieron los datos a disposición del público mediante bases de datos abiertas para facilitar el análisis estadístico y de coherencia que se deseara (en las ligas están los ejemplos de los datos nacionales y de Morelos ). Esta actitud de transparencia despierta confianza. Adicionalmente, los grupos encargados de realizar estos análisis también abrieron (pusieron a disposición del público) los códigos que utilizaron para, a partir de los conteos rápidos, dar los resultados preliminares con confiabilidad estadística (como ejemplo el código del equipo 2 del COTECORA). Estas dos sencillas acciones, pero de profunda apertura y transparencia, otorgan la posibilidad de verificación del manejo de datos e incrementan la confianza, basada en datos y su múltiple análisis y escrutinio, que la ciudadanía puede construir en los procesos electorales mexicanos.
Comparto la tranquilidad que nos ha dejado este proceso electoral, en general se percibe que la voluntad de la ciudadanía que se manifestó se ha respetado. Por supuesto, quedarán algunos casos por resolver; pero el sentir es que podemos seguir en camino hacia una democracia participativa, con sus bondades y limitaciones, revisando otros aspectos como el comportamiento no adecuado en las campañas por parte de algunos contendientes.
Me parece que ya resuelto lo inmediato, ahora debemos preocuparnos por construir nuestro futuro.
Ya en este camino tenemos que atender dos crisis que nos agobian en estos momentos. La crisis provocada por la COVID-19 y la emergencia que está demandando el Cambio Climático son dos problemas que exigen acciones inmediatas que se traducirán en bienestar en el futuro. Al menos con estas dos urgencias en mente, propongo poner a discusión la conveniencia de comprar una refinería en otro país. Por ejemplo, con el dinero que se va a invertir en la refinería en Texas se podría construir un consorcio de industrias mexicanas dedicadas a la fabricación de vacunas. ¿Sería más conveniente? El argumento del actual gobierno por la lentitud en la vacunación, a principios de año, fue que no se surtía de vacunas con la suficiente rapidez, pero esto no sucedería si esas vacunas se fabricaran en nuestro país. Las ventajas de construir empleos aquí son obvias: se invierte en nuestro país, disponibilidad de vacunas, empleos bien remunerados para personal técnico especializado en el país, posibilidad de vender o donar vacunas a otros países, obtención de divisas, etc. En cambio con la comprar de la refinería en Texas se abren o mantienen fuentes de empleos en otro país para sus ciudadanos, se usa tecnología que será obsoleta en algunos años, se invierte en el extranjero, se descapitaliza al país, se ofrecerá gasolina a una sociedad que ha despilfarrado la energía de los combustibles fósiles y que es responsable de una buena parte de las emisiones de gases de efecto invernadero que está cambiando en clima en el planeta. Si se analiza esta inversión en Texas con miras a corto plazo pudiera aparecer rentable, ya que habría gasolina asegurada, sin embargo la gasolina no cura o evita cambios globales. Con miras en el futuro de la juventud mexicana parece más adecuado invertir en tecnologías que produzcan bienes o servicios con valor de intercambio. Este es un ejemplo y no estoy casado con él, pero podemos cuestionar otras acciones con esta visión de largo plazo y hacer las modificaciones necesarias en la política pública en todos los niveles. Por supuesto, no soy joven y no estoy abogando por mis privilegios, estoy llamando a verdaderamente construir el futuro de nuestra juventud que está atado a la construcción de una sociedad que considere para su vivir aspectos ambientales, económicos, sociales e institucionales.
Con la paulatina, pero sólida, construcción de la institucionalidad en nuestro país debemos continuar forjando y fortaleciendo estas entidades autónomas (por ejemplo el INE) que nos ayuden a vigilar el tránsito a la construcción del bienestar social. 


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 9 de junio en el periódico la Unión de Morelos