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miércoles, 7 de febrero de 2024

Estamos perdiendo la oportunidad de generar conocimiento: COVID larga

Tenemos cuatro años desde que surgió la COVID-19 y de que llegó a nuestro país causando centenas de miles de fallecimientos y perturbaciones a la población en los ámbitos sociales y económicos de los cuales todavía no salimos del todo. Uno de los aspectos que fueron observados desde los primeros meses de la aparición de la enfermedad fue la COVID larga (Long COVID). La COVID larga “se caracteriza por la continuación o desarrollo de nuevos síntomas tres meses después de que inició la infección causada por el virus del SARS-CoV-2 en los pacientes”. Los efectos de la COVID larga pueden manifestarse de diferentes maneras, siendo las más frecuentes el agotamiento, molestias musculares, fatiga persistente y dolores en las articulaciones. Adicionalmente, se pueden presentar secuelas como la neblina mental, cambios en los hábitos de sueño, la pérdida del sentido del olfato, alteraciones en el gusto de los alimentos y cierta dificultad respiratoria. A pesar de estas alertas la COVID larga sigue siendo una alteración en la salud no muy estudiada en los países de ingresos medios y bajos. Aunque debemos comentar que tampoco se ha entendido del todo en los países con altos ingresos, pero los estudios en países como el nuestro han sido escasos. De los estudios que pude encontrar, hay uno en Malasia que encontró una mayor probabilidad de experimentar síntomas prolongados de COVID entre los grupos marginados y de bajos ingresos. Otro estudio realizado en Pakistán tuvo como objetivo determinar la prevalencia de la COVID larga y su asociación con la gravedad de la enfermedad y el estado de vacunación, encontrando correlación con la ausencia de vacunas. Con estos resultados es altamente necesario realizar este tipo de estudios en entornos de pobreza y marginación como los que tenemos en México.

Imagen generada con inteligencia artificial mediante la frase "Diego Rivera style paint of a couple of exhausted people with muscle discomfort, fatigue, joint pain, brain fog, lack of dreams and difficulty breathing" en leonardo.ai

La falta de este tipo de datos sobre la COVID larga en los países menos ricos ha dejado paralizado al sector médico, ya que escaso personal de salud reconoce la existencia de la COVID larga en estas regiones y mucho menos las formas de su tratamiento. Esta falta de datos se acentúa por los escasos diagnósticos confirmados en países como el nuestro, donde no se aplicaron el número adecuado de pruebas diagnósticas de la COVID-19. Si bien la evidencia sugiere que la prevalencia de la COVID prolongada en los países de ingresos bajos y medios podría ser similar a la de los países más ricos, se necesita más investigación para comprender mejor el impacto de la COVID larga en estos entornos.
Recordemos que un estudio realizado en México afirma que la pandemia de COVID-19 evidenció grandes desigualdades estructurales mostrando disparidades en la salud de las personas en función del nivel socioeconómico, es decir, la COVID-19 afectó proporcionalmente más a las personas con marginación socioeconómica que a los niveles superiores de ingreso. Con estos datos, se puede concluir que la mayor afectación de la COVID-19 fue en la población en pobreza en México. Dado que los hallazgos en otros países sobre la afectación de la COVID larga a estos sectores en pobreza, es de esperar que la COVID larga esté cobrando mayor factura a esta población mexicana. 
Es de mínima justicia social que se dedique presupuesto para este tipo de estudios. Desde mi perspectiva, hay que financiar diversos estudios en esta dirección y no solamente crear un “mega” proyecto financiado. México es un país diverso tanto en entornos ecológicos como sociales que merecen ser considerados en la generación de conocimiento y para ello se requiere financiamiento y formación de talento en diversas áreas y contextos. Las opciones miopes que pretende restringir los estudios a solamente una opción ya han mostrado sus limitaciones, para ejemplo bastan mencionar El proyecto de los respiradores para los casos graves y El proyecto de la vacuna para prevenir la COVID-19 que no dieron en el tiempo requerido los frutos que merece la población mexicana. 
En México, tenemos un sector científico profesional que, aunque restringido en número, puede aportar diversas soluciones a problemas similares en diferentes circunstancias. Ante problemas complejos, la diversidad de alternativas posibilita encontrar soluciones para cada circunstancia y ante dificultades, también, ofrece diversos caminos en esa búsqueda.
La comprensión de las características de la COVID prolongada en los diversos entornos de nuestro país conducirá a un mejor tratamiento de esas personas que silenciosamente sufren de la enfermedad larga y que no están teniendo una atención adecuada.
Este es solo un ejemplo de lo que está pasando con la generación de conocimiento en nuestro país. El retraso que tenemos con las limitaciones presupuestales en rubros científicos y tecnológicos lo padecerá nuestra juventud de hoy en su futuro. No solo es presupuesto para realizar investigación, se requiere de la demanda de empleos que generen conocimiento tanto en el sector académico como en los sectores industriales, agronómicos y de servicios en general. Con ellos se podrá construir conocimiento que responda a las muy diversas demandas de nuestras comunidades.


Este artículo fue publicado el día 7 de febrero en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 25 de mayo de 2022

Cambios antes y después del COVID-19

¿Qué patrones han cambiado en nuestras actividades con respecto a lo que hacíamos antes de la suspensión de actividades no esenciales durante la pandemia?

Esta pregunta está siendo contestada en algunas sociedades que basan la toma de decisiones en el conocimiento. En la zona Latino Americana, y en México en especial, deberíamos empezar a medir estos cambios. Con base en datos precisamente es que podemos tomar decisiones en el futuro.

Por ejemplo, en cuanto al transporte en Gran Bretaña se sabe hoy que el uso de automóviles ha disminuido en un 10 % con respecto a su uso en el 2019. En ese mismo período de tiempo el uso de los autobuses se redujo en un 9 %, el uso de los trenes retornó a un número muy parecido al que se tenía en 2019 y el uso del Metro en Londres (Tube) se redujo en un 20 % de su capacidad. Estas reducciones en los usos cotidianos del transporte pueden indicar cambios sustanciales en la conducta de las personas en la población inglesa. Podemos conjeturar que los trayectos de los domicilios a los centros de trabajo han disminuido indicando un mayor teletrabajo. Por supuesto, también se podría deber a un uso mayor del transporte no motorizado, viajes en bicicleta o desincentivar el uso del metro para realizar mayor número de traslados caminando. Estas dos últimas opciones podrían medirse también si se reportan estos datos. El aumento de jornadas de trabajo en el domicilio y una disminución de traslados al lugar de trabajo es posible e indica un cambio sustancial en el comportamiento laboral de la sociedad inglesa.

¿Qué ha pasado en nuestros países?, ¿en nuestras ciudades? Es importante conocer esta información para entender los cambios producidos localmente por esta tragedia global. Por supuesto que los cambios serán diferentes en la Ciudad de México, que en Cuernavaca o en Río de Janeiro o en Santiago de Chile, en cada ciudad grande o pequeña los cambios pueden ser diferentes o similares y su análisis podrá ayudarnos a entender el comportamiento individual y social que ahora estamos siguiendo. Estos cambios pudieran señalar un rumbo diferente al que teníamos antes del 2020 y su análisis es necesario para conocer si hemos aprendido. También es necesario hacer el análisis para atender posibles problemas antes de que aparezcan. Por ejemplo, en las ciudades donde el transporte es ofrecido por entes privados, como en Cuernavaca, ¿qué propondrán las empresas, cooperativas u organizaciones que ofrecen los servicios ante la disminución de sus ingresos? Esta situación puede suceder dado que es posible una disminución en el número de viajes por cambios en las conductas sociales de movilidad. Sin embargo, el transporte público no debe bajar en calidad ni aumentar desmedidamente en precio: ¿cómo anticipar este conflicto?

En estos momentos observamos conductas mezcladas: personas que usan el cubrebocas, mientras otras ya no lo usan. Recordemos que el uso del cubrebocas puede disminuir el contagio de otras enfermedades que se transmiten por vía aérea. ¿Cómo será nuestro comportamiento en algunos meses?

Otra de las posibles situaciones que debemos anticipar es que dado que en muchas ciudades la infraestructura para el transporte no motorizado es deficiente, el número de accidentes de tránsito donde la salud o la vida de ciclistas esté en riesgo puedan aumentar. De esta manera, la adecuación de las ciudades, que están diseñadas para el transporte de automóviles, se debe orientar hacia la infraestructura para la movilidad segura en bicicletas. Esto último también nos conducirá a un transporte verdaderamente sustentable.


Thousands of bicycles in Antwerp, Belgium


Otros aspectos pertinentes para considerar en los análisis son cómo cambiaron las formas de hacer actividades en nuestros domicilios y en nuestros entornos. Por ejemplo algunas actividades para analizar: comemos más veces o más días en nuestros hogares, compramos más alimentos para preparar o ya preparados, comemos más veces en lugares fuera de nuestros domicilios, vamos más a los parques o a los cines o a los antros, cuánta electricidad usamos o cuanto gas, hay muchas actividades que registrar y analizar.
La construcción de información útil es fundamental para tomar decisiones basadas en el conocimiento y con ellas conducir nuestras actividades hacia un bienestar social. Claramente nos hace falta mucha información y estamos en el momento para construirla.
En mi opinión, estamos ante una situación que al analizar el antes y el después puede arrojar conocimiento social del tipo experimental. Aunque este experimento no fue diseñado, pero la observación de los cambios puede ser muy útil en el diseño de la forma de transportarnos, del uso de los espacios públicos, de las formas de divertirnos, de los usos de la energía, de las formas y maneras de trabajar, etc.
Las autoridades citadinas están ante una posibilidad de dejar una costumbre de registro de métricas para construir posteriormente indicadores que sirvan para monitorizar nuestros comportamientos y fundamenten nuestras decisiones.

Una versión previa de este artículo fue publicada el día 25 de mayo en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 4 de mayo de 2022

¿Hay que seguir paranóicos?

Después de dos años de aislamiento, de sufrir el confinamiento y de enfrentar a lo desconocido empezamos a retomar las actividades que cotidianamente hacíamos antes. Una de las preguntas que nos hacemos al salir de casa es ¿llevo el cubrebocas? Quizás otras personas piensen: por fin sin cubrebocas.  Entre estas alternativas puede haber muy diferentes acciones.
Ayer, martes, me sorprendió leer un tuit de una excelente científica y divulgadora que comentaba la situación que enfrentó cuando al usar cubrebocas, ella y su hija, fue cuestionada:
“Entré a un lugar lleno de gente y una señora vió que sólo mi hija y yo llevábamos cubrebocas y me dijo: 
-¿Qué, hay que seguir paranoicos? 
-Paranoicos, no -le dije- pero lo que sea por cuidar la salud, ¿no? 
No me contestó. 
Pero luego me quedé pensando si había mejor respuesta”.
Primero quiero comentar la actitud crítica de la Dra. Perelman, quien a pesar de haber dado una muy buen respuesta a la intempestiva pregunta, adicionalmente se cuestiona si hay mejores respuestas que con información ayuden a prevenir situaciones de exposición. Esta actitud de constante búsqueda de maneras asertivas para comunicar el conocimiento nos ayuda a promover que el conocimiento sea nuestra base para la toma de decisiones de una manera informada.
Segundo, las respuestas a su tuit se pueden leer y muchas de ellas son muy ilustrativas. Las hay desde las que responden agresivamente hasta las que empáticamente se unen a la búsqueda de “mejores respuestas”. Insisto me parece que su respuesta fue adecuada y, por supuesto, hay otras que también son informativas y amables. Una de las respuestas que me pareció más informativa mencionaba un texto sobre qué respuestas dar ante esta situación. Las recomendaciones son: responder con honestidad, decir nuestras razones, decir que no queremos enfermar, que es para nuestra protección o no responder. Todas ellas son válidas y pueden tener muchos matices; pero lo esencial es mantener una actitud que obedezca a nuestra propia evaluación del riesgo que tomamos al usar el cubrebocas o no. La prevención ante el riesgo es importante. Desde mi punto de vista, el uso del cubrebocas en lugares cerrados donde hay mucha gente es recomendable para “Cuidarnos y cuidar a las otras personas”, las frases como “Uso cubrebocas para cuidarme y cuidarte” son precisas y concisas. No solo nos cuidan de posibles contagios de COVID-19, sino que nos protegen de muchas otras situaciones nocivas: polvo y algunos otros microorganismos. Por ejemplo, su uso puede disminuir significativamente los contagios de gripes en el transporte público, estoy seguro que cualquiera desearía tener menos gripas al año. 


Persona con cubrebocas orando en iglesia durante pandemia de COVID-19 en México
El uso de cubrebocas en lugares concurridos es una buena decisión.

En otros lugares del mundo el uso de cubrebocas ya era una costumbre antes de la llegada del COVID-19, así que usarlo es una forma de prevención que ha ayudado y puede continuar haciéndolo. 
Quiero comentar que personalmente lo usé y disfruté en el exterior en situación de invierno con nevada y, la verdad, que el cubrebocas disminuye nuestra sensación de frio y nos protege del viento. Aunque también lo tuve que usar en las estaciones calurosas y llega a ser muy molesto.
En este período de dos años la comunidad científica ha construido conocimiento en torno a la pandemia y con base en él podemos tomar decisiones para protegernos y proteger a quienes nos rodean. Esta actitud de protección colectiva es una de las que nos han permitido convivir en sociedad desde que apareció la especie humana. Podemos continuar con este tipo de acciones que nos benefician y benefician a otras personas, aunque no lo reconozcan.
Yo cuando salgo de casa siempre llevo mi cubrebocas de tela tricapa y lo uso cuando la situación me indica que hay un riesgo de no usarlo y me lo pongo. Tan sencillo como usar un paraguas: si al salir valoro que está lloviendo poco no lo uso, pero si está diluviando claro que lo abro y me pongo a resguardo. 
El cubrebocas es una prenda que nos puede acompañar y proteger, es pequeño y puede haber muy bonitos o que vayan con nuestra personalidad; usémoslo en situaciones donde no querramos padecer de un riesgo evitable.

Este artículo fue publicado el día 4 de Mayo en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 27 de abril de 2022

Regreso después del COVID19

La emergencia sanitaria que ha causado la COVID-19 está pasando y poco a poco estamos retomando muchas de las actividades que hacíamos antes de la declaratoria de pandemia.
Durante dos años hemos implementado una serie de medidas de distanciamiento físico, de uso de desinfectantes y de cubrebocas o mascarillas, etc. Ahora tenemos una pregunta de cuáles de ellas será conveniente continuar y cuáles podemos dejar de hacerlas.
En estos temas se están escribiendo y recomendando acciones en muchos medios. Hace una semana encontré un artículo sobre este tema en la revista Scientific American[1], que desde mi punto de vista, explica y resume los aspectos a considerar para evaluar el riesgo al retirar algunas de las recomendaciones que hemos seguido en estos años. En particular, este artículo se refiere a la evaluación del riesgo al dejar el uso del cubrebocas.
Me parece que es claro que el uso de desinfectantes en forma masiva ha dejado de ser recomendado, dado que la transmisión por contacto parece no ser la primaria. Sin embargo, el lavado de manos frecuentes puede ser una sana costumbre. También la toma de temperatura ha pasado a ser menos efectiva en la prevención de los contagios dado que muchas personas ahora son asintomáticas.
Por supuesto que la medida más importante en cuanto a eficacia es la vacunación, sí al haber recibido la vacuna y con refuerzo es la acción que disminuye los riesgos hospitalización y la muerte causada por la COVID-19 con mayor efectividad. Por esta razón, es importante vacunarse y tomar todos los refuerzos que nos sean recomendados. De manera similar a la influenza, parece que las vacunas de COVID-19 requerirán algún reforzamiento periódico. Así, que a vacunarse se ha dicho, recordemos que ahora es turno para la población infantil, quienes han visto disminuidas gravemente su posibilidad de interacción con las restricciones en las escuelas y otras actividades colectivas.
De lo más importante es nuestra valoración al riesgo que tenemos al decidir estar o no en diferentes situaciones. En este artículo que mencioné, se establece que la edad es un factor de riesgo y según los datos recabados en Estados Unidos Las personas mayores de 50 años tienen hasta 10 veces más probabilidades de llegar a la hospitalización o de morir que las más jóvenes. También dentro de nuestra valoración al riesgo es importante conocer los riesgos que tienen las personas que viven o trabajan en los mismos espacios donde nos desenvolvemos. Por esta razón, debemos ser solidarios y entender los riesgos de estas personas que nos acompañan cotidianamente y no ponerlas disminuir sus precauciones con nuestro proceder. Se tienen datos que alrededor del 50 % de las personas que viven o trabajan en un lugar donde hay una persona reportada como caso positivo de las nuevas variantes también resultan positivas mediante el contagio. Una persona en condición inmunodeprimida debe extremar precauciones y si estamos en contacto con alguna de ellas es importante saberlo y considerarlo para la toma de nuestras decisiones.

El uso del cubrebocas o mascarilla es nuestra decisión, pero tenemos que conocer el riesgo que tomamos.

Esta toma de decisiones puede basarse en las estadísticas que hay hasta ahora. En ellas podemos observar que las personas mayores de 60 años con vacunas de refuerzo tienen mucho menor riesgo que las no vacunadas más jóvenes. Las estadísticas de Estados Unidos pueden ser comparadas con otras enfermedades o actividades de riesgo, sugiero consultar el sitio [2] para observar estas comparaciones.
Parece ser razonable que las personas jóvenes vacunadas decidan no usar el cubrebocas si en el entorno donde se desenvuelven han sido reportadas menos de 50 casos en la semana por cada 100,000 habitantes. Observemos que este número se refiere a un riesgo para una persona joven de menos de 40 años, para una persona entre los 40 y 60 debe ser menor el número de casos para retirarse el cubrebocas con un riesgo aceptable. Verdaderamente me gustaría que en nuestro país lleváramos este tipo de estadísticas, pero se decidió disminuir recursos para construir bases de datos que los contengan.
Otro de los hechos que debemos considerar para evaluar el riesgo es el tiempo que estaremos en reuniones con otras personas y que tipo de actividad, no es lo mismo estar en una biblioteca que en una sala de baile o sala de ejercicios aeróbicos. Las dos últimas son peligrosas a los diez minutos de actividad dado el nivel de partículas procedentes de la respiración que se esparcen por el ambiente. En una reunión en ambiente cerrado y con ventilación es relativamente seguro el removerse la mascarilla para beber o comer. Es importante observar la buena ventilación del lugar como uno de los factores que nos ayuden a decidir si bebemos o comemos retirándonos el cubrebocas.
En síntesis anhelamos retornar a los momentos cuando reíamos, bailábamos, charlábamos en bares, salones de baile y lugares cerrados con amistades disfrutando de horas de esparcimiento y contacto físico, social y de sonrisas evidentes. Ante las probabilidades de contraer la COVD-19 y de transmitirla a otras personas cercanas, la evaluación del riesgo es muy importante. Sin embargo, el retirarnos un cubrebocas en ocasiones analizadas puede valer la pena al ofrecer y observar sonrisas y gestos que nos acerquen como antes a las personas que estimamos.
El uso del cubrebocas o mascarilla parece que nos acompañará por más tiempo, pero con la información verificada que tenemos hoy puede indicarnos cuando el cubrebocas debe ser utilizado o removido de manera adecuada. La importancia de que nuestro proceder sea basado en esta información que nos permitirá evaluar el riesgo con conocimiento para entablar interacciones personales y sociales sin incrementar en demasía el riesgo para nosotros y otras personas.
La COVID-19 nos ha dejado evidencia que el personal científico construye conocimiento de utilidad para todas las personas, pero también nos ha ilustrado como es necesario incrementar sustancialmente la divulgación y comunicación de ese conocimiento para que la mayoría de las personas tenga la posibilidad de tomar decisiones, precisamente, con base en ese conocimiento.  
Reanudemos actividades con la correspondiente evaluación del riesgo y seguramente lo haremos de una manera adecuada.


Este artículo fue publicado el día 27 de abril en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 12 de enero de 2022

Ya sabemos que hacer, hagámoslo

Del 25 de mayo al 22 de agosto del 2021 se pasó de tener aproximadamente 14 mil a más de 130 mil casos de COVID-19 a la semana registrados en México. Esa fue la última ola de la enfermedad del 2021. En cambio, al final del 2021 e inicios del 2022, la variante Ómicron cambió la tasa de contagio que pasó del 22 de diciembre al 9 de enero de aproximadamente 13 mil a más de 134 mil casos a la semana. En ambos períodos el incremento es de diez veces, pero mientras el del año pasado se reporta el cambio máximo, en este período parece solo el comienzo. Además, notemos que en el primer intervalo de tiempo pasaron casi tres meses, pero el último es de menos de un mes. Estamos sufriendo un embate muy fuerte para la salud pública en nuestro país. A finales de noviembre pasado escribía sobre que los impactos de la COVID-19 han sido más intensos en la población más pobre y en esta ocasión estamos presenciando lo mismo. Observamos larguísimas colas para la atención médica en los servicios públicos de salud. La ausencia en sus labores de las personas sufriendo la COVID-19 está provocando paralización en muchos sectores tanto púbicos como privados. Estas ausencias causan efectos similares a un cierre de las actividades. Por supuesto que la obligación de los gobiernos es alertar a la población. 
Con las experiencias de las primeras semanas en otros lugares del mundo se podía haber definido estrategias de aviso consiente e informado a la población, para intentar disminuir la rapidez de los contagios, pero no se ha hecho con vehemencia. Los diferentes niveles de gobierno optaron por menospreciar las posibles graves consecuencias que estamos empezando a observar. Somos uno de los países con mayor número de muertes por habitante, mostrando preocupante baja resiliencia a los efectos, económicos, sociales y de salud, de la COVID-19 que nos augura un muy lento proceso de recuperación y que quizá aumente las desigualdades en la sociedad. La tasa de resiliencia para nuestro país, es de la mitad de la mayoría de los países del tamaño de nuestra economía. Esto implicará que los efectos negativos permanecerán por más tiempo. No solo la hospitalización y las defunciones son lacerantes, las posibles consecuencias de haber sufrido la enfermedad sin las atenciones y cuidados informados porque no hay cupo también lo serán. Adicionalmente, las actitudes de menosprecio a las ciencias como apoyo para la toma de decisiones y enfatizar los objetivos de corto plazo de construcción de mega obras son aspectos que no parecen apuntar hacia el bienestar social. Estas últimas muy cuestionables en cuanto difícilmente conducirán a un bienestar social.
Enfatizo, lo que verdaderamente me desespera es que se sabía de la explosividad de contagio de la variante Ómicron y el gobierno mexicano no definió estrategias para disminuir la rapidez de contagio con las medidas que ya conocemos. En estos momentos, cuando el mismo presidente de la República, que evita el uso del cubrebocas en nuestro país, ha sido nuevamente detectado como positivo a la enfermedad, es uno de las últimas oportunidades para cambiar las estrategias y hacer caso a los sectores que construyen conocimiento y pugnamos por las estrategias que privilegian la salud de la población, en lugar de seguir privilegiando elefantes blancos.
En las últimas semanas de diciembre y la primera de enero, una esperanza estaba rondando por el mundo: si las infecciones causadas por el Ómicron son menos graves, la transición hacia una convivencia con un virus SARS-COV-2 menos letal parecía viable, pero últimamente hay algunos casos que no concuerdan con está hipótesis. Hay que seguir esperando más información; pero no podemos convertirnos en los sujetos experimentales para corroborar esta hipótesis. Si, al no evitar los contagios, estamos siendo una población que puede aportar datos a favor o en contra de esta hipótesis, es decir, con un número importante de casos graves o con una población que transitó hacia la convivencia con menos gravedad. Con esta irresponsable actitud, se está olvidando el principio precautorio del que tanto se habla en parte del sector científico en el poder actualmente; pero que se aplica selectivamente.
Tenemos prácticamente dos años, la población que tenemos el privilegio de contar con información global y que hemos podido sobrellevar la COVID-19 de una manera menos perjudicial, debemos actuar con el ejemplo y alertar a las personas que nos rodean para que con base en el conocimiento decidan y eviten enfermarse por primera vez o por segunda o por tercera; ya que cada nuevo contagio puede ser peligroso y traer consecuencias a largo plazo. 

Qué hacer para evitar contraer el Ómicrón, (UNAM)

Las instituciones académicas como la UNAM, están desplegando un esfuerzo mayúsculo aportando información confiable y poniéndola a disposición de amplios sectores de la población, pero se requiere acciones amplificadoras por parte de nosotros. Si cada persona puede usar sus redes de contactos para difundir estos mensajes. Esta semana podemos ver en el canal de YouTube de Gaceta UNAM un mensaje con algunas recomendaciones para disminuir el riesgo de infectarse con Ómicron. Hagamos nuestra labor de propagación, si tenemos contactos con acceso a la Internet compartamos la liga, pero seguramente conocemos a personas que no tienen este privilegio, compartamos lo que se dice y contribuyamos a construir una sociedad más informada y que actúe en concordancia con información basada en conocimiento.

Este artículo fue publicado el día 12 de enero en el periódico La Unión de Morelos.

miércoles, 5 de enero de 2022

Cambio de estrategia para contender con la COVID-19

Mientras los políticos discuten que si se adelantan los tiempos de la sucesión presidencia, que si el INE no quiere realizar la consulta sobre la revocación de mandato u otro tipo de distractores, la población mexicana enferma de COVID-19. Yo mismo también podría comentar que el cambio climático es un problema que debemos atender; pero la situación de creciente número de casos de COVID-19 debe ser urgentemente atendida. 
Por cierto considero que el cambio climático es urgente, que las amenazas al CIDE, al INAH a la ENAH a la UNAM, a toda institución de educación pública también son tópicos de atención inmediata por parte de la población mexicana; pero en otro nivel de urgencia comparada con la COVID-19. Esta última mata personas en lo inmediato y causa enfermedades de largo plazo que pudieran ser evitadas con orientación y medidas por parte de las autoridades que elegimos para ocupar los puestos en el gobierno.
Estamos ante la variante Ómicron del SARS-COV2 que parece ser una especie viral de lo más contagiosa. Ante este hecho, las autoridades en México, de todos los niveles, parecen estar ciegas, o al menos no actúan ante esta situación con base en lo que la sociedad ha aprendido en otros países y se escudan en que esta variante parece ser menos grave.
En algunos medios de comunicación se alerta basándose en la letalidad, que se define como el cociente entre el número de muertes y el número de casos positivos.  Sin embargo, en nuestro país no se contabilizan confiablemente los casos de COVID-19, de hecho, el número de casos registrados es mucho menor al dato real. Por lo tanto, la letalidad no es adecuada para conocer la situación y en nuestro país con ella se sobreestima la gravedad de la situación. Por eso, considero que el exceso de mortalidad es un indicador que refleja mejor la intensidad del impacto de la COVID-19 en el bienestar de sociedad mexicana. En este indicador se pueden estimar más de 600 mil muertes en exceso durante los años 2020 y 2021 para nuestro país (los datos oficiales son de 300 mil muertes debidas al COVID-19). Las muertes en exceso son un número más cercano a fatalidades asociadas con la enfermedad de COVID-19 en México, es decir, ha habido aproximadamente cinco muertes asociadas al COVID-19 por cada 1,000 habitantes. En la gráfica se puede observar el acumulado de muertes en exceso asociadas al COVID-19. Desde mi punto de vista no necesitamos comparar con otros países u otras sociedades. El que haya cinco defunciones por cada mil habitantes asociadas solamente a esta enfermedad es claramente una muestra de que las diferentes estrategias no han sido las adecuadas.

Exceso de muertes al 2 de enero del 2022 en México

En la última semana se han desbordado las solicitudes de pruebas para conocer si se padece COVID-19 en las diferentes ciudades del país. Esta situación de explosión de casos, a pesar de que contamos con más del 55 % de la población con vacunación completa y con un segmento (parte de la población de mayores de 60 años con un refuerzo), es de llamar la atención dado que se ha mantenido un discurso de menospreciar los posibles daños a la salud de la población. En mi opinión, al no actuar con el ejemplo usando cubrebocas en todos los eventos de gobierno, no proveer de las pruebas necesarias a la población para que se pueda actuar con conocimiento, al promover el ambiente festivo y no alertar con responsabilidad, las autoridades locales, estatales y federales muestran un total desinterés por la salud de la población.
En particular, como ya he mencionado con anterioridad, la población en el sector más pobre es la que más ha sufrido los embates fatales del COVID-19. Así que estas estrategias no han correspondido el dicho de “primero los pobres”, más bien parecen incrementar las desigualdades. 
La población con mayores recursos, ha podido vacunarse en otros países, ha podido adquirir oxígeno cuando lo requiere o atención hospitalaria en el sistema de salud privado y se ha transportado mediante el sistema privado con mayor  seguridad, entre otros privilegios. En cambio, la porción más pobre de la población mexicana ha tenido que esperar a vacunarse cuando le toca y con lo que le toca, ha sufrido la saturación del sistema hospitalario público cuando sucedió (espero que ahora con este incremento nuevo de casos no se llegue a la saturación, como a principios del 2021). Se tiene que movilizar en un transporte público saturado e ineficiente, donde los contagios pueden darse ahora con mayor facilidad con la Ómicron que con las variantes previas, que eran menos contagiosas.
Por estas razones, solicito a las autoridades locales, estatales y federales modificar las estrategias basándose en la información que hoy tenemos y observar las estrategias que han tenido otras sociedades que han tenido menor número de muertes en exceso por habitante. Estas últimas han sido capaces de disminuir comparativamente las fatalidades y estarán mejor preparadas mental, económica y socialmente para proceder con una recuperación.
Implantemos pruebas periódicas en las escuelas y en los centros de trabajo donde se tengan reuniones presenciales (con las medidas de aislamiento en concordancia con el resultado), recomendemos el uso masivo y adecuado de los cubrebocas, mantengamos la sana distancia y todas esas medidas que se han instrumentado en otros lugares y que nosotros las hemos usado.
Estoy seguro de que si ponemos en marcha estas medidas, la detección temprana de los casos evitará muchísimos contagios y con ello la salud de la población en general se verá menos impactada negativamente.
Por supuesto, que después de seguir estas medidas, tenemos que promover estrategias para combatir el cambio climático, la desigualdad económica en la población y el deterioro de las instituciones que nos posibilitan construir conocimiento para definir las estrategias adecuadas para aproximarnos al bienestar social.


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 5 de enero en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 22 de diciembre de 2021

De acciones y resultados

Estamos finalizando este segundo año de la pandemia de la COVID-19. Algunas cosas en nuestra cotidianidad parecen haber cambiado. Me atrevo a decir que la mayoría de las personas deseamos que la situación cambie y mejoren las condiciones de nuestra vida. En Chile los resultados de las elecciones auguran un cambio hacia la disminución de las desigualdades. Estas mismas esperanzas las tenía la mayoría de la población mexicana en 2018 cuando más de la mitad de las personas que votaron eligió una alternativa de esperanza. 
A tres años de gobierno, observo que el actual gobierno comunica acciones más que resultados. Es de lo más importante informar en términos de resultados. El día de ayer martes, escuche la información sobre las compras de las vacunas. Parece ser que ha habido un esfuerzo por comprar vacunas y nos informaron que ya están pronto a recibirse todas, pero no todas se han usado. Se insiste en presentar el porcentaje de personas mayores de 18 vacunadas, en lugar de presentar el porcentaje de personas mayores a los 5 años con dosis completas. Este último conjunto de la población, mayor a 5 años, es el conjunto total de personas susceptibles de ser vacunadas, con ese dato se estaría aportando una información que tiene más sentido, en lugar de presentar datos que aparentan mayor cobertura. Es de reconocer el cambio de la política al promover la vacunación y ofrecer la vacuna de refuerzo; ojalá se estén instrumentado las acciones para comprar las vacunas de refuerzo para toda la población y se esté previendo la compra de vacunas para los menores de 5 años.

Niños korball 
Cuidemos el futuro

Ahora hay que insistir en la necesidad de realizar pruebas en los sitios de asistencia presencial cotidiana, donde pueda haber un mayor contacto, como son las escuelas. Si ya se está realizando un esfuerzo hacia el desarrollo de una vacuna (aunque podrían haberse apoyado varias), también, aunque quizá con menor impacto, se podría orientar el esfuerzo hacia las pruebas rápidas o la detección rápida de la variante Ómicron. Estas acciones utilizarían el esfuerzo del sector científico y tecnológico en desarrollar soluciones. Desde mi perspectiva, no es lo más inteligente privilegiar el apoyo a una solución, cuando se tiene la posibilidad de hacer varios desarrollos con enfoques diferentes que pueden dar soluciones que abarquen un mayor espectro de la compleja problemática de las mutaciones de los coronavirus. En nuestro sector científico había a principios del 2020 varios grupos de investigación trabajando en desarrollo de vacunas, pero no se les apoyó. De haber sido apoyados, quizá tendríamos la posibilidad de contar con diferentes vacunas ajustadas a funcionalidades diferentes y habríamos fomentado la experiencia para hacer desarrollos acordes con la variabilidad del virus.
Ante la situación que estamos observando en otros países, es importante insistir en que la pandemia no ha pasado y que es muy probable que suframos otra ola de contagios en nuestro país.
Por otro lado, debemos continuar con los esfuerzos para atender la desigualdad social y los problemas económicos que enfrente la población mexicana. El día 23 de diciembre se dará el informe de la tasa de desocupación por parte del INEGI, la información previa no ha sido alentadora. Después de un drástico incremento de la tasa de desempleo durante mayo y septiembre del año 2020, durante este 2021 la tasa había estado disminuyendo, pero en los últimos dos meses se ha mantenido constante. Esperemos que la tasa continúe bajando para recuperar lo que la crisis económica nos ha afectado. 
También es importante mencionar que las acciones para disminuir la disparidad en los salarios son importantes, pero ahora hay que evaluar esas acciones, ya que paradójicamente el porcentaje de la población mexicana por debajo de la línea de pobreza ha aumentado. Enfatizo, los resultados son más importantes que las acciones.
Si bien en estos tres años hay ejemplos de acciones que parecen adecuadas para construir el bienestar social, hay muchas otras que no lo aparentan. Lo único que nos puede decir si las políticas han sido adecuadas son los datos. Desde mi perspectiva, tenemos que cambiar para promover una cultura de construcción de información con apertura para su escrutinio y con ello reconocer las bondades o deficiencias de las propuestas.
 A pesar de la situación continua de crisis de salud, económica y social que estamos viviendo, deseo fervientemente que podamos dejarla en el pasado. Así que los mejores deseos para quien lee estas líneas, y también para quién no las lee, durante estas fiestas de diciembre, recordando que debemos cuidarnos con cubrebocas y evitando los lugares concurridos.


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 22 de Diciembre en el periódico La Unión de Morelos.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Una opción para detección de COVID-19 de casos asintomáticos

La pandemia provocada por la COVID-19 nos ha enseñado la importancia de tomar decisiones con base en información. Así se ha hecho en muchos países. Desde el inicio de la pandemia, en nuestro país, un sector de las personas que nos dedicamos a la actividad científica solicitábamos que se realizaran mayor número de pruebas para contar con información. Esta solicitud no fue aceptada y se decidió por un muestreo menos caro, pero que no aportó lo datos necesarios para definir una adecuada estrategia y evitar las muertes asociadas a esta enfermedad que sobrepasan varias veces las primeras estimaciones.
La tecnología que disponemos en la actualidad hace posible la obtención de datos que pueden aportar información al instante, es decir, en el momento y no tener que esperar a colectarlos a mano por encuestas o de alguna otra forma, almacenarlos en papel o en una forma digital para su posterior análisis, como se hacía el siglo pasado.
En la actualidad, hay muy diversos dispositivos que nos permiten medir muy diferentes variables. No olvido lo difícil que era tener un voltímetro o amperímetro a mediados del siglo pasado y hoy en día están disponibles a un precio accesible. Dentro de estos dispositivos que nos facilitan muy diversas mediciones están los relojes que pueden detectar el ritmo cardíaco y vigilan algunos parámetros durante nuestro sueño, por ejemplo de las marcas Fitbit y Apple Watch. Esta disponibilidad de dispositivos hace  posible monitorizar a muchas personas al mismo tiempo. Por supuesto, que hay protocolos para respetar la privacidad de las personas y en la investigación científica se siguen y están disponibles al público para su escrutinio.

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Los relojes inteligentes pueden ser de gran utilidad para monitorizar aspectos de la salud.

Con estas facilidades y entornos seguros, un grupo de investigación de la Universidad de Stanford usó la información de más de tres mil personas con este tipo de relojes para realizar un estudio y analizar la posibilidad de usar estos dispositivos para detectar la COVID-19. La idea es sencilla estos relojes miden la frecuencia cardíaca durante el sueño y obtienen parámetros de su variabilidad definiendo estadías del sueño. Con estas variabilidades pueden definir anomalías durante el sueño que fueron asociadas con la respuesta del cuerpo a la infección por SARS-COV2, el virus causante de a COVID-19.
Este estudio fue publicado en la revista Nature Medicine el pasado 29 de noviembre. En él se presenta un sistema de alerta y detección al instante que puede asociar algunas variaciones en el pulso cardíaco con el inicio de la COVID-19 mediante el uso de este tipo de relojes inteligentes. En particular, el artículo establece que puede detectar COVID-19 en o antes de los síntomas en aproximadamente el 80 % de los casos sintomáticos e incluso, de lo más relevante, identifica casos asintomáticos desde el punto de vista clínico. Digo este estudio es de lo más relevante que he leído, ya que puede detectar casos asintomáticos, casos que de otra manera pudieran pasar totalmente desapercibidos y contagiar a muchas personas. Aunque es difícil juzgar el número real de casos asintomáticos porque la mayoría de los estos casos nunca se someten a una prueba PCR, en este trabajo se consiguió obtener resultados prometedores en la detección de este tipo de COVID-19. En este sentido, el informe encuentra 14 de 18 casos asintomáticos presentes en el estudio mediante el registro las variaciones en los parámetros del ritmo cardíaco cerca de la fecha de la prueba y con un algoritmo detecta que estas variaciones pueden ser asociadas a la COVID-19. Es decir, se detectaban ciertas anomalías y se enviaba una alerta a la persona quién con esta alerta podía decidir hacerse una prueba PCR o de antígeno y podía salir positiva. Se encontró que si salía positiva solía presentar los síntomas unos tres días después de la alerta. Aunque en ocasiones nunca presentaron síntomas, que son los casos asintomáticos. Con estas alertas, durante los tres días de anticipación en los casos sintomáticos se evitó el contagio y para los asintomáticos la consecuente medida de aislamiento llevó a evitar mucho mayor dispersión de la enfermedad. 
Aunque hubo casos de alertas asociados a otros eventos, digamos fatigas, consumo de alcohol ejercicio intenso, etc., los avisos de alerta que evitaron contagios son de resaltar.
Este hallazgo muestra otra de las bondades de medir y compartir los datos que nos permiten desarrollar métodos de análisis para apuntar hacia el bienestar social.
Por supuesto que este tipo de dispositivos, los relojes inteligentes, no están al alcance de todas las personas y son un factor más de la desigualdad que impera en nuestras sociedades. Sin embargo, algo que un gobierno puede hacer, para reducir los efectos dañinos de las desigualdades, es hacer pruebas de antígenos a todas las personas que tengan que asistir a reuniones presenciales con periodicidad adecuada. Por ejemplo, hacer pruebas de antígenos semanales a la población docente e infantil que asiste a las escuelas. Esta medida ya fue puesta en marcha en otros países y, por supuesto el número de casos detectados aumentó, pero, con el aislamiento individual se evitaron contagios o se pudo instrumentar un cierre de actividades locales e incrementar la rapidez de vacunación en determinadas zonas. Todas estas acciones disminuyeron el número de muertes comparadas con el número de casos al ser detectados tempranamente. Es decir, hubo una acción basada en conocimiento que impactó positivamente en el bienestar de la sociedad.
Debemos aprender de las crisis, esta crisis causada por la COVID-19, nos ha permitido apreciar que con información podemos construir conocimiento y con este conocimiento tomar decisiones que beneficien a las personas directamente. Aquí la importancia de compartir la información con fines estadísticos y por supuesto respetando la confidencialidad.
Reitero, tenemos que vacunarnos cuando nos toca, usar el cubrebocas adecuadamente, evitar los lugares no ventilados y con mucha asistencia, medir, aunque sea indirectamente, la concentración de partículas producto de nuestra respiración en el aire (medir el CO2) y hacer pruebas en poblaciones que asisten a lugares confinados. En cuanto a las autoridades, debemos exigirles, la vacunación a toda persona que sea seguro hacerlo (hasta hoy mayores de 5 años), obtener datos de casos y de vacunados y, por supuesto, compartirlos para que la sociedad pueda analizarlos y construir conocimiento para tomar decisiones.

Una versión previa de este artículo fue publicada el día 15 de Diciembre en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ómicron ha llegado

La semana pasada, la noticia que ha impactado al mundo es el reporte de la existencia de una variante del virus SARS-COV-2 causante de la COVID-19. A esta variante se le ha dado el nombre de Ómicron y presenta más de treinta mutaciones con respecto a la variante original o a la variante Delta que en estos momentos es la causante del mayor número de casos en el mundo.
Primero, quiero enfatizar que la detección del virus y su posterior reporte en el contexto internacional debe agradecerse al sistema médico de Sudáfrica, donde observaron cambios en la sintomatología y luego en el genoma del virus y fueron expeditos en informar de sus hallazgos. Esta información oportuna se origina en un sistema de salud con vigilancia y hábitos de detección. A los pocos días del reporte se observaron casos en otros lugares lejanos a Sudáfrica como Hong Kong, Bélgica y Alemania. Donde también existe una cultura de monitoreo, es decir, de hacer pruebas para determinar si una persona presenta en su cuerpo el SARS-COV-2 aunque pueda presentar o no los síntomas de la COVID-19. A unas dos semanas de su reporte la alerta en el mundo ha movilizado la reanudación de pruebas de detección, las medidas sanitarias que conocemos, la revacunación de la población y, en general, intensificado las labores de monitoreo de la obtención de la información relativa a esta nueva variante. 
Es importante mencionar que las farmacéuticas que desarrollaron las vacunas están en posibilidades de adecuarlas en un período de tres meses. Que es un tiempo mucho menor del que les llevó desarrollar las primeras vacunas. También es muy probable que los medicamentos que hace unas semanas se han anunciado para aliviar a una buena proporción de los casos graves puedan funcionar para esta nueva variante.


En mi opinión, en mundo está nuevamente alertado y la comunidad científica ha puesto manos a la obra para, con la experiencia previa, dar resultados más rápidamente ante este nuevo reto.
Sin embargo, es tan nueva esta variante que todavía hay incertidumbre en muchos aspectos.  Hoy, no hay suficiente información para saber si provoca enfermedad más grave, por ejemplo que la variante Delta; aunque los casos hasta ahora reportados son de enfermedad leve. No se sabe si la inmunidad adquirida por las personas que han padecido COVID-19 por alguna otra variante les protege ante la Ómicron, algunas variantes reportadas el año pasado infectaban a las personas que ya habían presentado la COVID-19 por otra variante. Tampoco hay certeza sobre si la inmunidad adquirida por las diferentes vacunas nos protege de esta variante. Parece ser que es más contagiosa; pero todavía no se tiene la certeza de su virulencia. Por todo lo anterior, la Organización Mundial de la Salud ha catalogado a Ómicron como una variante de preocupación y que debe ser monitorizada para dar respuesta a lo que todavía no conocemos y actuar en consecuencia.
Mientras, ¿Qué podemos hacer?
La verdad es que después del 2020, ya sabemos cómo actuar y por la experiencia hemos aprendido que la precaución es buena consejera. 
En el ámbito individual, el uso de los cubrebocas nos ha ayudado a sortear estos años, usémoslos adecuadamente. Recordemos a Susana Distancia, pero es importantísimo reconocer que NO es suficiente, y necesitamos evitar los lugares concurridos y cerrados, una de las acciones es ventilar profusamente las habitaciones o recintos donde convivamos con otras personas por períodos de más de 40 minutos. Una medida indirecta de la concentración de gotículas de agua producto de la respiración y posibles portadoras del virus, es el CO2. En los lugares cerrados los medidores de CO2 son instrumentos de ayuda para no sobrepasar los 800 ppm.
Como sociedad podemos solicitar que la vacuna esté disponible para toda persona donde haya sido probada. En este momento, para toda la población mayor de 5 años algunas vacunas han mostrado eficacia y seguridad, por lo tanto, se debe exigir el derecho a recibirla.
Quiero aclarar que no soy especialista en la materia; pero de lo que puedo entender de la dinámica que presentan las evoluciones de los organismos vivos, es posible hacer la hipótesis de que este virus haya mutado en un entorno de personas con baja proporción de vacunas y por el número de mutaciones no reportadas con anterioridad de una sociedad muy poco monitorizada. Por esta última razón, regreso a uno de los puntos que muchas personas solicitábamos a principios de la pandemia, el uso masivo de pruebas para contar con la información abierta que pueda ser analizada por muy diferentes especialistas y aportar al entendimiento de la dinámica, tanto del virus como de la enfermedad. Los síntomas también han cambiado con el paso del tiempo y sus cambios deben ser monitorizados.
En México, el número de pruebas de detección continua siendo de los más bajos con relación a nuestra economía y contamos con poca información de detalle del proceso de vacunación de la población en general. Desde mi perspectiva, la información abierta es fundamental para diseñar las mejores estrategias.
Si, anteriormente, se actuó de una manera y las consecuencias no fueron las deseadas, podemos modificar nuestro proceder, es importantísimo aprender de nuestros errores. 
En el ámbito individual; uso correcto de cubrebocas, sana distancia, lavado frecuente de manos y evitar aglomeraciones.
Desde los gobiernos, vacunación a toda la población mayor de 5 años, monitoreo masivo y abrir la información (como hasta ahora el de casos positivos a COVID-19 y también abrir los datos de vacunación con el mismo detalle) para su masivo análisis.
Es tiempo de rectificar y que nuestro actuar rinda resultados para que no se lastime a más personas.

Para información actualizada se puede consultar


Dra. Carol Perelman

Dr. Alejandro Macías


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 1 de Diciembre en el periódico La Unión de Morelos.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Las consecuencias de la pobreza para los impactos de la COVID-19

En nuestro país, de acuerdo con los últimos datos del INEGI reportados por CONEVAL, tenemos más del 50 % de la población viviendo por debajo de línea de pobreza. Hace más de tres años se observaba una ligera mejora en este indicador al encontrarse por debajo de ese 50 %; sin embargo, en este año se incrementó sustancialmente. Es muy probable que la crisis económica provocada por la COVID-19 haya incrementado este lacerante indicador; que ya de por si ocasionó que una proporción muy grande de la población buscara alternativas diferentes a los cambios que se ofrecían a principios de este siglo, optando por un gobierno que prometía apoyar a la población pobre. 
Muy lamentablemente los datos indican que tanto la COVID-19 como el otro problema mundial que nos afecta, el cambio climático están impactando más negativamente en el sector de la población mexicana pobre. Es cierto que estos dos eventos, no han sido causados por esa población; pero si está sufriendo sus consecuencias. En cuanto al cambio climático, lo discutiremos en otra ocasión, en este texto comentaremos sobre las consecuencias de la pobreza para los impactos de la COVID-19 en la población según sus ingresos.
En este mes, se publicó un artículo en la revista The Lancet que observa una diferencia en los ingresos de las personas en México que mueren y aquellas que aunque se enferman no llegan a sufrir la muerte. En ese artículo se afirma que la pandemia de COVID-19 evidenció grandes desigualdades estructurales mostrando disparidades en la salud de las personas en función del nivel socioeconómico. En la mayoría de los artículos previos los datos agregados o de simulaciones apuntan a otros posibles mecanismos detrás de la asociación, en particular se hacía referencia a la situación de salud previa, comorbilidades, de las personas. En este artículo se han realizado estudios específicos, sobre la diferencia en los ingresos de las personas que llegaron a morir por la COVID-19 en nuestro país. En particular, el análisis se basó en datos en el ámbito individual y ajustados por comorbilidades o acceso a la atención médica. Para no dejar duda de los resultados en el estudio se controlaron las variables de comorbilidad y de atención médica y se concluye que las personas en el decil de ingresos más bajo tenían una probabilidad de morir de COVID-19 cinco veces mayor que las del decil superior. La diferencia no es un porcentaje menor, sino cinco veces más probable de morir al sufrir la COVID-19 si se es pobre. Este resultado es un indicador inequívoco de que la estrategia que se ha impulsado no ha podido atender a la población más pobre, quienes han sufrido la muerte en una proporción mucho mayor. Notemos que al controlar las variables de comorbilidad y de acceso a los cuidados de salud, se descartan estas variables y se deja una terrible conclusión de que la población más pobre está pagando con creces las decisiones de la actual política para contender al COVID-19. La situación de desigualdad de los impactos ya había sido esbozada en boletines de la Facultad de Medicina de la UNAM.
A mediados del año pasado, nuestro país, junto con Brasil y EE. UU., eran ejemplos para ilustrar que la profunda polarización política y la ausencia de propuestas basadas en conocimiento causan efectos negativos sobre la habilidad de los gobiernos para responder a la COIVD-19. Además, se apuntaba hacia la desigualdad económica de la población en los primeros dos países. En ese entonces se ilustraba con el número de muertos por casos confirmados, pero no había información detallada. 
Es muy lamentable que, el artículo de Eva Arceo Gómez y colaboradores que se publicó en The Lancet, como mencioné anteriormente, confirma, sin lugar a dudas, que en nuestro país la afectación a la población más pobre está siendo muy por encima de aquella de la población con bienestar. Esta terrible conclusión nos exige reflexionar y demandar un cambio de estrategia que disminuya los efectos sobre la población más pobre de las crisis. Estoy seguro de que hay aspectos correlacionados con el bienestar que merecen ser ampliados a la población más pobre y así disminuir los efectos de las crisis, en particular de la provocada por la COVID-19.

Nurse Graffiti COVID-19
Grafiti de sanitario COVID-19 en Málaga, España, sobre el muro sur que delimita la finca de San José (imagen Daniel Capilla)

Me atrevo a insistir, en lo obvio y que tanto se ha enfatizado, el uso adecuado del cubrebocas de tres capas en todos los espacios, ya que es una medida barata y que debe enfatizarse con el ejemplo desde todas las posiciones. Estoy seguro de que toda la población mexicana puede seguir estas reglas, como se ha mostrado cuando se viaja a otro país donde la regla es el uso obligatorio del cubrebocas. Hemos observado como hasta el presidente de la República Mexicana usa el cubrebocas en reuniones en otros lugares. Así que debemos continuar con ese uso, incluso en las reuniones en nuestro país y dar el ejemplo. 
Por otro lado, es imperiosa la vacunación contra el COVID-19 o cualquier otra enfermedad a toda la población, la salud de la población es uno de los requisitos para el bienestar social y la contribución de las vacunas es fundamental. Esto último implica un esfuerzo económico que toda la población merece, en especial, la población infantil. No debemos escatimar esfuerzos y en cuanto sea seguro vacunar a toda la población la obligación de los gobiernos es ofrecer esa alternativa.
Sigamos cuidándonos, aunque estemos vacunados hay personas que no han podido hacerlo y a la población infantil no se le ha otorgado ese derecho. Usemos el cubrebocas en nuestras actividades cotidianas.


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 24 de noviembre en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 28 de julio de 2021

Para contender con la COVID-19 y el cambio climático

Por supuesto que deseamos salir de la crisis económica y de salud en la que estamos inmersos. Es más, también es nuestro anhelo combatir el cambio climático que está empezando a hacer estragos en muchas partes del mundo y que se ha manifestado, también, en nuestro país. Para muestra, un botón, recordemos los incendios que sufrimos en 2019 que causaron el cierre de las actividades económicas y de educación en algunas ciudades del centro de la República Mexicana.  

Imagen de Freepik

Cambio climático, imagen de Freepik


Seguramente, algunas personas pueden alegar que las inundaciones, el incremento en la intensidad de las tormentas o algún otro evento extremo son estadísticamente probables; pero ya son más frecuentes y se manifiestan de manera generalizada en el planeta indicando que pudiera ser algo precisamente global causado por las actividades humanas del último siglo. Desde mi perspectiva, es el uso indiscriminado de la energía fósil que está cambiando la composición de la atmósfera y con ello nuestro clima.
Con la intensión de cambiar la situación, tanto urgente como de largo plazo, se están poniendo en funcionamiento diversas medidas en diferentes regiones. Cada propuesta puede estar pensada para un contexto socioambiental específico y con acciones diferenciadas. Para saber si estas acciones son las adecuadas es imprescindible medir su desempeño. Esta medición debe ser tal que verdaderamente brinde elementos para evaluar el desempeño de las acciones que se proponen. No pueden ser indicadores para salir del paso, sino que requieren de un proceso de análisis crítico de lo que se desea, y que requiere de una honestidad por parte de las personas que proponen las acciones o medidas. En muchas ocasiones las personas que proponen estos indicadores son las mismas que proponen las medidas. En esta situación se debe buscar el máximo desempeño en lugar de buscar una evaluación de medianía.
Donella Meadows en su libro “Thinking in Systems” alerta sobre el uso de indicadores que conducen a un bajo desempeño para satisfacer a las mayorías en lugar de buscar el máximo desempeño para conducir al bienestar de los comunes a largo plazo. La idea de contar con indicadores cuantificables y comparables conduce a una posible evaluación objetiva por parte de las personas involucradas. En este sentido, Elinor Ostrom, en “Governing the Commons” también enfatiza que la información es fundamental para actuar y evaluar las propuestas instrumentadas. Así es necesario, que estos indicadores sean compartidos con la población en general.  
Normalmente, la información se genera y puede ser analizada por personas entrenadas, quienes deben tener la visión y el compromiso de compartirla y promover la apropiación de esa información por parte de las más amplias comunidades. 
La idea de compartir la información en conferencias periódicas sobre la pandemia de la COVID-19, en principio, es importante; sin embargo, como ya se ha mencionado la selección de los indicadores debe ser rigurosa y comprometida con la evaluación del desempeño en lugar de obedecer a esquemas que se presten a interpretaciones subjetivas o encubridoras de limitaciones de las propuestas o acciones.
Con estas ideas en mente, Meadows alerta sobre la necesidad de buscar el beneficio a largo plazo en lugar de argumentar bondades inmediatas o de encubrir bajos desempeños.
Desde mi punto de vista, en cuanto al manejo de la crisis de salud provocada por la COVID-19, los indicadores que se pueden construir para nuestro país están disponibles, pero tienen limitada cobertura por el hecho de limitar las pruebas. Sin embargo, un dato muy duro son las muertes en exceso que claramente indican hay un manejo enfocado a mantener el número de camas disponibles para tratamiento en lugar de haber sido dirigido a minimizar las pérdidas de vida.
En cuanto al cambio climático, el indicador de uso de fuentes renovables es un dato revelador, pero la información de la distribución en el uso de la energía per cápita es realmente una herramienta que nos conduciría a definir estrategias diferenciadas para los diferentes grupos poblacionales. Estas distribuciones en el uso de la energía indicarían que hay regiones y grupos poblacionales que deben urgentemente disminuir su uso irracional de energía y otras regiones o grupos a los que se les debe otorgar el acceso a una energía de calidad y suficiente para su bienestar.
De esta manera, es imperioso, primeramente, construir conjuntos de indicadores que nos conduzcan al mejor desempeño y, segundo, con el detalle para definir estrategias diferenciadas para construir el bienestar social.


Este artículo fue publicado el día 28 de julio en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 21 de julio de 2021

La COVID-19 nos ha enseñado de flexibilidad

En nuestro país estamos en la fase de ascenso de otra ola de la COVID-19 y la desesperación que ha provocado tanto en los ámbitos económicos como políticos está causando una apertura precipitada de las actividades en nuestra sociedad. Las predicciones de la CEPAL para la región latinoamericana prevén un crecimiento del PIB en 5.2 % y 2.9 % en este año y en el que viene, después de una caída de 6.8 % en el año 2020. 
También preocupante es el hecho que en la región tendremos la cuarta parte de la población por debajo de lo que se llama ingreso bajo para satisfacer sus necesidades.  Por otro lado, estamos enfrentando los primeros cambios globales en nuestro clima causados por el uso desmedido de los combustibles fósiles para satisfacer las demanda energética. La densidad energética y la portabilidad de los combustibles fósiles han posibilitado su despilfarro en muchas regiones en el mundo. También la posibilidad de centralización de la generación de energía ha ocasionado distribuciones inequitativas de la energía; así, podemos encontrar regiones donde para producir una unidad de riqueza, digamos producto interno bruto, se usa el doble o el triple de energía. En particular, nuestros países en la región iberoamericana la mayoría de la población todavía no cuenta con la calidad en accesibilidad de energía y mucho menos con fuentes de energía renovables. Es cierto que en algunas regiones, el diseño de las políticas públicas apuntan en la dirección correcta y el fomento a las fuentes renovables es decidido, en cambio en otros países, incluyendo México, esta situación no es la adecuada y por lo tanto requerimos impulsar las demandas sociales para construir alternativas sustentables.
Por estas razones, se requiere una transición energética que apunte a resolver la crisis climática al mismo tiempo que aporte lo necesario para que la población iberoamericana consiga tener recursos para conseguir un bienestar social.
Es fundamental construir redes de capacidades para generar innovación desde las raíces de la sociedad. Esta acción es esencial, las construcciones del bienestar social pasan por el criterio de sustentabilidad considerando cuatro dimensiones: naturaleza, economía, sociedad e institucional, y para ello es necesario amalgamar el conocimiento científico global con el conocimiento local para conformar soluciones en concordancia con las capacidades sociales y naturales de las diferentes regiones.
Por supuesto, estos retos generan a su vez interrogantes de frontera en todas las ciencias, y un enfoque de ciencia ciudadana en el más amplio sentido del concepto. El fomento a la investigación multidisciplinaria que involucre a la población en el diseño y adopción de tecnologías codiseñadas con la población acorde a cada lugar es una acción que puede ser retomada por las universidades o instituciones de investigación. Es importante comentar que el diseño normativo y de políticas pública deben apuntar hacia la apropiación social del paradigma de la sustentabilidad. Estas acciones deben estar inmersas en estrategias con miras diferentes a las que han permeado en el siglo pasado, hoy el enfoque participativo y las consideraciones ambientales exigen que se construyan tecnologías que contemplen el ciclo de vida completo de los productos o servicios generados. La necesidad de incorporar a las mujeres en el diseño y la construcción de esta transición energética es una acción primordial para hacerla justa y sustentable. Las demandas de conocimiento de frontera en tópicos de materiales o química o diversos procesos para que adquieran el adjetivo de verde están siendo las demandas de la sociedad.
Para ello las instituciones de educación superior y de investigación tienen el reto de aportar los talentos necesarios y suficientes para que, además de conocer las diferentes tecnologías conozcan de las formas para colaborar con la población de cada región y con ello construir las soluciones energéticas para que se satisfagan sus necesidades con energía renovable minimizando las afectaciones al entorno natural y social. Es primordial que desde las universidades se contribuya a romper el modelo centralista de generación de energía, ya que las fuentes renovables de energía posibilitan, precisamente, la generación distribuida y con ello apuntan a la democratización de la energía. La democratización de la energía se puede concebir como el proceso de desarrollo de las instituciones sociales que conducen al fortalecimiento de la sociedad civil para disminuir las desigualdades en el uso de la energía con un enfoque de minimización de los impactos negativos para el entorno natural.
Aquí es importante mencionar, que una visión desde los sistemas complejos es muy importante para entender primero estos  procesos no lineales y después actuar para modificar las tendencias a las distribuciones paretianas inequitativas que se desarrollan en estos sistemas. En este sentido, la emisión de subastas deben incluir, desde su diseño, la opinión y la colaboración de la población a la que abastecerán o intervendrán. Sí, desde el diseño, es imprescindible involucrar a la población y esto tiene que continuar de una forma de apropiación social de la tecnología  y conducir a una colaboración informada por parte de las diferentes poblaciones después.
Notemos que la fuentes renovables no solo posibilitan la flexibilidad en la matriz de generación de energía, al considerar las diferentes fuentes renovables o no, sino que permiten la flexibilidad que el uso del conocimiento de la localidad puede dar a la demanda de energía y con ello disminuir los posibles conflictos entre las fuentes variables y la demanda sin conocimiento. Las universidades, desde su posición privilegiada en torno al conocimiento científico, tienen la obligación de asegurar el buen funcionamiento y uso de la tecnología energética mediante su participación en el establecimiento de normas para los productos o servicios relacionados con las fuentes renovables de energía. Además estas normas deben proteger a las personas y a las otras especies de posibles efectos negativos.
La innovación tecnológica y social es otro aspecto donde las universidades tienen un papel relevante al formar talento que responda a estos retos donde la multidisciplina y el trabajo colaborativo son necesarios. En este sentido, las personas que egresen de nuestras instituciones deben ser capaces de construir empresas energéticas que respondan a las necesidades locales. Las instituciones de educación superior deben ser un ejemplo en el uso eficiente y en la generación distribuida de energía para mostrar las bondades que hoy en día dan estas tecnologías. Las universidades o instituciones de investigación de la región han mostrado su capacidad para construir conocimiento y formar talento; sin embargo el reto ahora es flexibilizar este talento para que sea capaz de colaborar y construir soluciones diferenciadas para la diversidad de entornos sociales y ambientales locales.
La preparación de tecnologías que posibiliten la transición energética a un sistema distribuido donde la energía se genere, almacene y administre en el sitio de uso es un factor que permitirá que tanto las organizaciones sociales o empresariales como a las personas, en lo individual, tengan acceso a la energía de calidad necesaria y que provenga de fuentes renovables. Debemos prepararnos para hacer flexibles nuestras necesidades energéticas entre otras si deseamos que nuestra huella no afecte las posibilidades del bienestar de otras personas o especies.
La COVID-19 nos mostrado que podemos ser flexibles, ahora seamos flexibles con conocimiento.

Este texto es parte de mi contribución al foro "La transición energética para un desarrollo sostenible en Iberoamérica: respuestas desde la ciencia, tecnología y la innovación". Una versión resumida de este artículo fue publicada el día 21 de junio en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 9 de junio de 2021

Lo inmediato, las elecciones pasaron, ahora a construir el futuro

En este principio de siglo, la sociedad mexicana ha cambiado su percepción de las elecciones. Recuerdo claramente los comentarios en la década de los años 1970 y 1980 sobre el llenado de urnas, la invalidación de los votos a la oposición de entonces, las estrategias de acarreos, los votos múltiples y una interminable mención de acciones para hacer trampa en las elecciones. Sí, de acciones para cometer fraude electoral. En este siglo, después de la construcción paulatina de un IFE primero y ahora de un INE, las desconfianzas sobre el conteo cibernético o a la manipulación de datos que se esparcieron entre sectores amplios de la sociedad a principios de este siglo. Por ejemplo, recuerdo los esfuerzos de colegas utilizando la información que se vertía en páginas del IFE para analizar los cambios y detectar anomalías. El esfuerzo hormiga que muchas personas realizamos con la verificación de actas de las casillas electorales mediante fotos enviadas por otras personas voluntarias y su verificación posterior con el reporte final de las elecciones. Estas acciones ciudadanas fueron motivadas por la ausencia de datos disponibles y confiables para verificar lo sucedido en el conteo o en la transcripción a los resultados finales, donde se realizaba el fraude en el siglo pasado. Estos esfuerzos  y sus resultados fueron generando confianza, pero mediante caminos tortuosos y plagados de obstáculos que hoy han sido allanados.
En esta ocasión, la jornada del 6 de junio transcurrió sin suspicacias en torno al conteo o al fraude en las urnas o en la transcripción de los resultados de las actas de casillas a los resultados finales. Desde mi punto de vista, hay un gran avance en la confiabilidad que la institución electoral, que hemos construido y que vigila las elecciones, ha despertado en la población mexicana. En esta ocasión, la jornada electoral marchó con participación ciudadana y se están realizando las denuncias pertinentes en donde es necesario, pero no movilizó a una ciudadanía vigilante fuera de los causes institucionales, como había ocurrido en las primeras elecciones de este siglo.
Es más, en los portales de conteos, los PREP federales o estatales pusieron los datos a disposición del público mediante bases de datos abiertas para facilitar el análisis estadístico y de coherencia que se deseara (en las ligas están los ejemplos de los datos nacionales y de Morelos ). Esta actitud de transparencia despierta confianza. Adicionalmente, los grupos encargados de realizar estos análisis también abrieron (pusieron a disposición del público) los códigos que utilizaron para, a partir de los conteos rápidos, dar los resultados preliminares con confiabilidad estadística (como ejemplo el código del equipo 2 del COTECORA). Estas dos sencillas acciones, pero de profunda apertura y transparencia, otorgan la posibilidad de verificación del manejo de datos e incrementan la confianza, basada en datos y su múltiple análisis y escrutinio, que la ciudadanía puede construir en los procesos electorales mexicanos.
Comparto la tranquilidad que nos ha dejado este proceso electoral, en general se percibe que la voluntad de la ciudadanía que se manifestó se ha respetado. Por supuesto, quedarán algunos casos por resolver; pero el sentir es que podemos seguir en camino hacia una democracia participativa, con sus bondades y limitaciones, revisando otros aspectos como el comportamiento no adecuado en las campañas por parte de algunos contendientes.
Me parece que ya resuelto lo inmediato, ahora debemos preocuparnos por construir nuestro futuro.
Ya en este camino tenemos que atender dos crisis que nos agobian en estos momentos. La crisis provocada por la COVID-19 y la emergencia que está demandando el Cambio Climático son dos problemas que exigen acciones inmediatas que se traducirán en bienestar en el futuro. Al menos con estas dos urgencias en mente, propongo poner a discusión la conveniencia de comprar una refinería en otro país. Por ejemplo, con el dinero que se va a invertir en la refinería en Texas se podría construir un consorcio de industrias mexicanas dedicadas a la fabricación de vacunas. ¿Sería más conveniente? El argumento del actual gobierno por la lentitud en la vacunación, a principios de año, fue que no se surtía de vacunas con la suficiente rapidez, pero esto no sucedería si esas vacunas se fabricaran en nuestro país. Las ventajas de construir empleos aquí son obvias: se invierte en nuestro país, disponibilidad de vacunas, empleos bien remunerados para personal técnico especializado en el país, posibilidad de vender o donar vacunas a otros países, obtención de divisas, etc. En cambio con la comprar de la refinería en Texas se abren o mantienen fuentes de empleos en otro país para sus ciudadanos, se usa tecnología que será obsoleta en algunos años, se invierte en el extranjero, se descapitaliza al país, se ofrecerá gasolina a una sociedad que ha despilfarrado la energía de los combustibles fósiles y que es responsable de una buena parte de las emisiones de gases de efecto invernadero que está cambiando en clima en el planeta. Si se analiza esta inversión en Texas con miras a corto plazo pudiera aparecer rentable, ya que habría gasolina asegurada, sin embargo la gasolina no cura o evita cambios globales. Con miras en el futuro de la juventud mexicana parece más adecuado invertir en tecnologías que produzcan bienes o servicios con valor de intercambio. Este es un ejemplo y no estoy casado con él, pero podemos cuestionar otras acciones con esta visión de largo plazo y hacer las modificaciones necesarias en la política pública en todos los niveles. Por supuesto, no soy joven y no estoy abogando por mis privilegios, estoy llamando a verdaderamente construir el futuro de nuestra juventud que está atado a la construcción de una sociedad que considere para su vivir aspectos ambientales, económicos, sociales e institucionales.
Con la paulatina, pero sólida, construcción de la institucionalidad en nuestro país debemos continuar forjando y fortaleciendo estas entidades autónomas (por ejemplo el INE) que nos ayuden a vigilar el tránsito a la construcción del bienestar social. 


Una versión previa de este artículo fue publicada el día 9 de junio en el periódico la Unión de Morelos

miércoles, 2 de junio de 2021

Construyamos la familia de la humanidad

Las crisis despiertan comportamientos cooperativistas en nuestra población, con algunas excepciones. Precisamente para analizar que creencias o aspectos promueven el comportamiento cooperativo, la crisis de económica y de salud que ha provocado la COVID-19 ha sido un magnífico laboratorio social. Efectivamente, el estudio del comportamiento humano durante esta crisis nos está aportando conocimiento que puede ser útil para futuras ocasiones o para atender problemas actuales. Las actividades de investigación científica se volcaron para entender desde muchas y muy variadas perspectivas una gama muy amplia de fenómenos naturales, de la salud, nanotecnológicos, de dinámica de fluidos y por supuesto las interrogantes en el ámbito social y del comportamiento humano. Desde mi perspectiva el sector científico tecnológico (en los más amplios sentidos) se abocó a estudiar las situaciones diferentes y específicas que enfrentamos. 
Una de las preguntas que me han surgido durante este año, es acerca de cómo propiciar comportamiento cooperativista y en mi búsqueda encontré un interesante artículo publicado el pasado mes de marzo que precisamente correlaciona las creencias y la información con la cooperación. 
Este grupo motivado por el hecho que muchas personas no seguían las pautas indicadas por los expertos se preguntaron: si el hecho de identificarse con el resto de la humanidad podría predecir este comportamiento cooperativo.
Para realizar este estudio en la situación en la que nos encontramos usaron una plataforma en línea en donde lanzaron una encuesta global sobre las conductas de salud y dilemas morales relacionados con la COVID-19. La encuesta fue realizada en 5 idiomas para el mundo conectado mediante la Internet. Las respuestas fueron de diferentes países (25.42 % U.S.A, 13.40 % China, 6.98 % South Africa, 6.54 % Germany, 5.20 % U.K., 5.05 % Philippines, 4.53 % India, 4.26 % Brasil, 4.06 % Spain, 3.90 % Canadá, 20.65 % otros), con al menos 100 respuestas en diez países. La encuesta tenía preguntas que consideraban acciones altruistas como donar parte de los cubrebocas que tuvieran disponibles para su familia, comprar despensas para vecinos en situaciones de riesgo, llamar a una ambulancia para que atendiera a una persona con signos de COVID-19, entre algunas otras preguntas. En el análisis a estas preguntas se correlacionaba con algunos factores: a) contextuales que hacían referencia a la situación específica a su entorno, b) respecto al tiempo en el que se desató la pandemia, c) demográficos como género (tres opciones), educación, edad, d) factores afectivos como identificación con la comunidad o la nación, y finalmente e) la identificación con toda la humanidad que se midió de manera similar a la identificación con la comunidad o la nación (para ver detalles consultar la publicación). 
Con esta metodología, en el artículo se muestra una marcada correlación entre el comportamiento cooperativo y las identificaciones con la comunidad, la nación y fundamentalmente con toda la humanidad. En las cuatro de las cinco opciones de comportamiento cooperativo la mayor correlación se encontró en personas que se identificaban fuertemente con toda la humanidad. Mientras que solo una (llamar a una ambulancia) se encontró una mayor correlación con la edad de las personas que mostraba el comportamiento cooperativista.
El estudio explica con detalle el tratamiento estadístico de estas correlaciones mostrando que sus resultados son confiables dentro del universo analizado. Desde mi opinión, sus resultados pueden ser considerados en una primera aproximación para el desarrollo de estrategias de comunicación para fomentar el comportamiento cooperativo necesario en muchísimas situaciones que promuevan el bienestar social.
Basado en los hallazgos de este trabajo de investigación, me queda claro que debemos fomentar el concepto de “familia de la humanidad”, como lo señalan en el artículo, para promover un comportamiento hacia la cooperación. De esta manera, las acciones que tiendan a generar divisiones entre las personas no parecen ser adecuadas para fomentar el comportamiento que conduzca a mejoras en la salud pública. En mi opinión, es fundamental construir en todas las personas esta conceptualización de pertenencia a una familia de la humanidad, más que construir pertenencias a grupos y propiciar el divisionismo, para promover comportamientos que permitan construir el bienestar social. Por supuesto, el mensaje es claro, debemos fomentar esta idea de pertenencia a la humanidad para atacar, ya, la otra crisis panhumana que estamos sufriendo, el cambio climático.


Este artículo fue publicado el día 2 de junio en el periódico la Unión de Morelos.

miércoles, 26 de mayo de 2021

De COVID-19, energía y elecciones

Estamos a unos días de las elecciones intermedias y todavía estamos sufriendo la grave crisis económica y de salud que nos ocasionó la COVID-19. Por otro lado, estamos sufriendo una crisis que no se combate con vacunas y es el cambio climático antropogénico que estamos causando por la adicción al uso desmedido de la energía y fundamentalmente al uso de los combustibles fósiles. 
Me parece adecuado evaluar el desempeño de los actuales gobiernos en todos los niveles considerando estas dos temáticas. Por supuesto que se podrían analizar algunos otros tópicos, como el desempeño en el sector científico o en las acciones para erradicar la violencia contra las mujeres, por mencionar algunas; pero en este escrito abordaremos rápidamente el desempeño de las acciones para combatir la COVID-19 y el cambio climático.
Primeramente, quiero llamar la atención al Boletín sobre COVID-19 que ha estado emitiendo el Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM. Esta publicación periódica contiene información pertinente que puede ser consultada fácilmente por el público en general, y en especial, por el personal dedicado a salvaguardar la salud de la población.
En particular, en el boletín número 17 del volumen 2 publicado el 4 de mayo encontramos varios artículos con información valiosa para el análisis que estamos planteando.  Desde la editorial en este Boletín se afirma que el no requerir el uso del cubrebocas o mascarilla, como si la pandemia no fuera un evento que requiriera la participación activa de la población en su conjunto, ocasionó un sufrimiento innecesario a la población mexicana.
El artículo que considero más importante para esta discusión es el escrito por Alejandro Cortés Meda y Guadalupe Ponciano Rodríguez donde se menciona el impacto de los determinantes sociales de la COVID-19 en nuestro país. Este documento basado en uno previo del Dr. Héctor Hernández Bringas concluye que las inequidades como la pobreza y la falta de acceso a la atención médica influyen directamente en el riesgo de enfermar por la COVID-19 y morir a causa de este padecimiento.
Recordemos que en nuestro país, durante este siglo, el porcentaje de la población en pobreza ha oscilado entre el 40 % y el 50 %. Aunque no parezca, pero durante estos 20 años casi la mitad de la población mexicana ha vivido en condiciones de pobreza y esta situación la pone en riesgo mayúsculo ante cualquier eventualidad, como lo ha sido la COVID-19. Aunada a la situación económica, la baja escolaridad también afecta la probabilidad de muerte. En este artículo se encontró que prácticamente la mitad de las muertes se produjeron en personas con un nivel educativo máximo de primaria.
En nuestro país el número de muertes por COVID-19 supera las 200 mil personas. Sin embargo, el número de muertes no esperadas (en exceso), pero asociadas a COVID en marzo de 2021 superaba las 337 mil personas, de acuerdo con las cifras oficiales del propio gobierno federal. En poco más de un año han muerto más de 300 mil personas que vivían en México, a causa del COVID-19, cifra que en sí misma ya es un desastre para la población.
En el mismo boletín, en el artículo de Daniela Hernández Puente y colaboradores se reporta la situación de la vacunación y se puede observar que en nuestro país se sigue una tendencia similar a la global. Esto pareciera un consuelo, pero al revisar los datos de personas completamente vacunadas en la base de datos de “Our World in Data”  (ver la gráfica anexa) observamos que todavía no tenemos al 10 % de la población mexicana con esquema de vacunación completa. Es decir, mientras que en Chile y Reino Unido ya se ha vacunado a más del 30 % de su población, en nuestro país hay una deuda con más del 90 % de ella. 






Mientras observamos esta situación de la COVID-19 en nuestro país, el día lunes se anunció la compra de una refinería por parte de PEMEX a la compañía Shell en Texas. Para mí esta noticia fue totalmente desesperanzadora. En el contexto nacional, y por supuesto en el internacional, las personas que estamos atentas a la verdadera crisis que nos enfrentaremos en este siglo: el cambio climático antropogénico, no dejamos de sorprendernos por la necedad de impulsar a los combustibles fósiles como una quimera para salir de la pobreza en nuestro país. La bonanza petrolera mexicana fue dilapidada por administraciones pasadas y solo sirvió para enriquecer a unos cuantos, dejando a la mayoría de la población sumida en la pobreza, como hemos comentado. Precisamente en los primeros años de este siglo fue cuando los precios del petróleo alcanzaron máximos históricos y la producción petrolera del país alcanzó también su máximo. A partir del 2010, la disminución ha sido la tendencia en la producción del petróleo en el territorio nacional. Hoy las empresas energéticas globales están invirtiendo en fuentes renovables y, por supuesto, descontinuando sus infraestructuras basadas en combustibles fósiles. Además, los precios de las fuentes renovables de energía han ido a la baja, disminuyendo en más del 80 % en una década, lo mismo que sucede con el costo del almacenamiento en baterías. Estas son razones económicas para invertir en renovables y deshacerse de los activos en combustibles fósiles.
Por otro lado, la sociedad mexicana cada día reclama más la construcción de infraestructura adecuada en las ciudades para fomentar la movilidad no motorizada y recuperar los espacios viales dedicados a los automóviles para las personas. Este reclamo incluye un transporte público eficiente y que no emita gases contaminantes por toda la ciudad. Entre otros muchas expectativas relacionadas con la sustentabilidad y el bienestar social.
Estos últimos aspectos indican que el futuro es la eficiencia energética, las fuentes renovables de energía y la recuperación de la tranquilidad de las personas evitando las conductas que fomenten el máximo consumo. Esto último, ha sido evidenciado y mostrado su viabilidad por la crisis económica causada por la COVID-19, tenemos que aprender de las crisis.
Sirvan estas líneas para reflexionar sobre a quienes elegiremos en las próximas elecciones. Reconozco que en el pasado la situación no era buena, pero ahora tampoco, solo reitero que la responsabilidad está en la población en conjunto, en cada persona que puede, asume y decide, hagámoslo con responsabilidad e información. Votemos este 6 de junio.



Una versión previa de este artículo fue publicado el día 26 de mayo en el periódico La Unión de Morelos.